Primero de Abril

2.163

El frio paso de la muerte deja rastros en el aire detenido de la sala, copos de nieve invisible que escarchan la piel me acompañan junto a la ventana y la tímida luz de luna, que no brinda paz alguna, al menos me olvida lo suficiente para intentar recomponerme, luego de verte tan lejos que no se si pueda alcanzarte esta vez. ¿Será que te llevaron? O quizás tomaste tu propia vida. Razones no te sobran creo, este mundo no es para corazones débiles y tú siempre dijiste que te costaba respirar. Que el paso de los ojos sobre tí deja heridas que el tiempo nunca pudo sanar. Qué se yo, quizás estoy hablando demás, pero recuerdo que dijiste que los hombres jamás han podido ver más allá de su propia nariz. Quizás sea cierto, quizás nunca te conocí realmente, quizás es por eso que ahora no entiendo porque tu cuerpo figura inmóvil en el centro de la sala.

Recuerdo que la noche anterior me contaste que sentías que te venían a buscar, que una sombra sin forma te acechaba durante la madrugada, que tus parientes muertos hace años habían vuelto a tomar tu mano, a preguntar por tu vida, a sonreír como figuras de cera, que el miedo le ganaba a la nostalgia, que el terror no se iba al llegar la mañana. Qué se yo, no pude sino reír de tales tonterías, que los muertos vuelvan de la tumba… eso no me lo puedo creer. Que las sombras acechen a las personas, eso no está bien. Por eso te pedí que fuéramos a ver a un especialista en heridas del alma, que tal vez sea bueno que pases un tiempo encerrada, medicada, que tal vez algún día despiertes de ese ensueño en que has quedado atrapada. Un problema más del que no quieres hacerte cargo me dijiste, te opusiste y ese fuego interno que nunca mostrabas ahora aparece para detener mi ofuscada mirada de hombre resuelto, ¿no es cierto? Bueno, me lo merezco, al menos siento que pude despertar algo en tí, aún si fuese a causa de mi falta de inteligencia, de mi ceguera o de mi arrogancia. ¿Realmente no quise ayudarte? No, la verdad es que sentí miedo de que todas esas cosas que decías fuesen ciertas. Llevo años intentando olvidar a los demonios que despedazaban mi alma al caer el alba tantos años atrás. ¿Por qué no usaste ese fuego tuyo para quemar el mundo que tanto odiabas? Yo te hubiese apoyado ¿sabes? Y no es que ahora te lo diga, yo creo que tú lo sabes, que mi amor por ti partió mucho antes de que nuestras personalidades chocaran, mucho antes de que nuestros caminos divergieran y quizás el resentimiento que sentiste cuando te dejé de lado para impulsar mi carrera, mi excusa para no conversar sobre las cosas que nos dolían a ambos, te hizo olvidar al amante cálido y preocupado que te acompañó durante tantos días de lluvia. ¿Puedes culparme? Años, te digo años de sufrimiento habían terminado para mí con tu abrazo cálido, un poco más y me hubiese transformado en eso para ti, pero no quisiste esperar.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Estabas sentada en el fondo de la sala, como intentando con todas tus fuerzas desaparecer entre las personas, pero mis ojos no pudieron sino posarse en tu mirada penetrante y profunda como la noche sin estrellas, como el vacío profundo en que te escondías todos los días, ¿a qué le temías? Una inmensa curiosidad me embarcó en la búsqueda de tu persona, ¿Qué palabras usaría para atraer tu atención? ¿Cómo podría concentrarme lo suficiente como para pensar en alguna frase estilosa o que sonara medianamente interesante para llamar tu atención, si al contemplar tu belleza la mente se me trababa? Este es el camino del hombre me dije para reunir un puñado de coraje y avanzar hacia ti, sin embargo, las únicas palabras que escaparon de mi boca fueron “¿me prestas un lápiz?”. Una necesidad, ¿Habrás pensado que era yo un retrasado mental? Creo que no, quizás tu nunca has pensado cosas como esas, quizás por eso es que las miradas  te duelen tanto, porque no hay odio en tu corazón y entonces, ¿porque ahora mismo estoy hablando con un cadáver inmóvil en el medio de la sala? Quisiera saber qué fue lo que pasó y hace un rato que estoy sintiendo escozor en el cuello, cerca de la nuca, como largos dedos fríos que me acarician, pero que en cualquier momento pueden transformarse en afiladas cuchillas que se entierran en mi carne y me cortan en pedazos. Algo parecido a la paranoia supongo, a saber, he estado sentado junto a la ventana por casi media hora, esperando la llegada de la policía, de la ambulancia, de alguien que se yo que venga a decirme qué viene ahora que mi amada yace muerta en la sala. ¿Cuál es el siguiente paso? Tú me decías lo mismo, que no sabías que era lo que había que hacer y yo nunca pude responderte ¿cierto? Recuerdo una vez que íbamos caminando por una calle cercana a la universidad, con hermosas casas coloniales adornadas de sempiternos árboles apomponados con frondosas copas verde intenso, junto al canto suave de escurridizos pájaros juguetones, revoloteando el cielo libre de tonalidades anaranjadas.  Reímos  junto al sol cálido de la tarde primaveral, yo apenas podía hablar a causa de la alergia que todas las maravillosas creaciones divinas me causaban, tú ibas casi volando con tu actitud juvenil tan dulcemente liberadora. En tu relato entendí que deseabas  volar lejos de las cadenas de una familia que a veces se sentía como cadenas aprisionantes, coartantes de un deseo impetuoso por conocer la existencia. Y yo te decía todas las cosas que me daban miedo y tu reías, me decías que con esa actitud nunca iba a conocer nada realmente, que las flores tienen espinas pero no por eso son menos bellas, que las nubes forman imágenes cautivantes sin importar que en invierno se desquitan de los amantes mojándolos encima, lo suficiente como para irritarlos, para probarlos, para saber si realmente seguirán juntos. Tantas cosas hablamos, tantas cosas reímos y yo nunca pude ver que por dentro llorabas, que tus heridas ahí estaban, invisibles ante la mirada de un ridículo hombre enamorado de nada, porque nada pude ver que me indicará este terrible resultado. Te quise mía y te tomé ¿cierto? Quizás tu no querías, quizás deseabas decirme que no, que no me querías, que no me necesitabas, pero tu corazón infinito de bondad no pudo sino claudicar ante la inminente herida, esa que una voluntad fuerte siempre deja en quienes el deseo los ciega.

La policía aún no llega y sin embargo, hace un rato que siento no estar solo en la sala, que junto a tu cuerpo algo perdura. Ha pasado un rato más y el silencio ahora me perfora los oídos, pocos segundos quedan para que mi corazón perturbado tome una decisión equivocada. Es el miedo como ondas que las piedras dejan en la superficie del agua al golpear con fuerza, con estruendo mudo en esta sala vacía y que ahora se vuelven olas que mi pecho no puede resistir, me levanto y grito con todas mis fuerzas ¡APARECE! ¡APARECE ASESINO DESPIADADO QUE HAS OSADO LLEVARTE LO UNICO QUE AMO EN ESTE MUNDO! ¡APARECE TE DIGO Y ENFRENTA LA FURIA DE UN HOMBRE DESPECHADO! Y entonces, ahí entre las sombras sin forma de la esquina más oscura de la sala se conjura dantesca criatura que se yergue ahora como un árbol oscuro con las ramas aplastadas hacia el centro, hacia el tronco grueso y alto que casi golpea el cielo de la sala. La criatura tan solo estira innumerables brazos y sin esfuerzo alguno abarca todo el espacio de la habitación, desgarrando la escaza luz que ilumina las paredes para llegar tan cerca de mi cuello que casi siento el hálito de vida escapando de mí en el intenso frio de esta noche sin estrellas, que ahora se toma por completo la sala. Paralizado, mis músculos se tensan, la garganta seca, los ojos fijos en el agujero sin fondo que se forma en el centro de la criatura ahora inmóvil, de seguro esperando mi reacción. ¿Pero que se cree? Acaso se burla de mí, ¿Qué espera que haga? Y entonces una extraña melodía escapa de las tinieblas, un susurro liviano y melancólico como tus besos dulces y temerosos, una canción que invita y se despide eternamente, ¿fue así nuestro amor? No hay duda, más allá de esa intensa oscuridad se encuentra tu alma atrapada, quieres que te rescate, lo sé, ahora entiendo todo, yo he nacido para salvarte, soy tu protector, tu salvador, no te preocupes amada, esta vez no fallaré, si bien en vida no cumplí ninguna promesa, en la conquista de la muerte probaré mi valía y sabrás que el amor no tiene rivales en toda la creación. Me acerco con renovado coraje, atravesando incontables espinas puntiagudas que se levantan entre los brazos de la criatura. El dolor aguanto y me acerco hasta el tronco, sin dudarlo abrazo las tinieblas, siento tu calor en ellas. Un esfuerzo más y logro penetrar el vacío, un poco más allá y finalmente extiendo los brazos, encuentro los tuyos, tus suaves manos inmaculadas, como esculturas de porcelana impermeables al paso del tiempo. No cabe duda, esto es amor de verdad, me preparo y tomo tus brazos, empujo con fuerza para rescatarte de este infierno llamado olvido. Y sin embargo, no puedo moverte un solo centímetro, presiono con más fuerza, seguro puedes aguantar el dolor en los brazos, es necesario me digo para rescatarte, que te aprisione solo un poco más, un poco más y ya estarás libre ¿cierto? Pero nada pasa, no te mueves, no te puedo ver, tengo miedo, no quiero meter la cabeza entre las sombras, el pánico me lleva a perder un latido, un descuido, una ventana a la verdad, ¿la verdad? No, un último intento, y luego te sueltas, por un segundo caigo eternamente en las tinieblas, quiero escapar, retroceder, estábamos bien antes de conocernos ¿cierto? Quizás todo fue un error, quizás cuando te pedí ese lápiz en la sala de clases en realidad tan solo quería saber si decías que sí, mejor dejémoslo así. Y entonces me tomas, antes de que pueda dar el primer paso hacia atrás, te aferras a mis brazos con fuerza y desde las tinieblas me tiras con fuerza, me aprietas con tanto vigor que siento que mi piel se desgarra. Quieres que te acompañe hacia las sombras, que me pierda junto a ti en el sin sentido sin forma. No… te digo que no, que me sueltes, tú ya tomaste una decisión, acabaste con tu vida, quizás fue una buena decisión pero yo… yo no quiero morir, me queda tanto por vivir, imagina lo que un lápiz puede hacer en una hoja vacía, cualquier cosa es posible. ¡Te digo que me sueltes! El eco de mis gritos y los brazos de la criatura se cierran al unísono con un golpe en seco que resuena como el cierre de una pesada puerta. Las luces de las balizas policiales iluminan las paredes  al colarse por la ventana y me quedo ahí, tirado en el suelo de la sala un poco más, un poco más de inacción antes del toque en la puerta, tengo que abrir.

Te fuiste un primero de abril, pocas personas fueron a tu funeral, pocas personas realmente te conocieron, quisiera saber si realmente te conocí. Tan solo me quedan estas heridas en los brazos, única prueba de quien realmente fuiste. ¿Querías llevarme contigo o querías que cambiáramos de lugar? Con el paso de los días, con la llegada del otoño y la caída de las hojas, del fin cansado de toda la vida, siento que estos pasos que dejo en el suelo húmedo y el olor a tierra pudieron ser los tuyos, pero este mundo me eligió a mí y no a ti, ¿era eso lo que querías decirme? Quisiera saber, quizás el amor sea un deseo de apropiación, ¿Quién era yo para posarme en tu mirada perdida? ¿Cómo no pude entender que tus ojos tan jóvenes ya estaban cansados de miradas gustosas de tu carne, de tu silueta esculpida por el deseo ajeno? Yo no soy un caballero, no pude protegerte de nada y te perdí el primero de abril. Pero no te preocupes, este largo sendero de árboles muertos termina en un acantilado. Me dan ganas de correr hasta que el suelo desaparezca entre mis pies, un salto al vacío para encontrarme contigo al otro lado del abismo y preguntarte ¿Qué sientes por mí?

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