Ceguera

2.61

Todo lo que queda es la puerta, repite el hombre en tono bajo, hacia sí mismo y hacia cualquier alma que logre escuchar. Lleva un tiempo en soledad, olvidado de los días, de los meses, de los años. Olvidado del tímido nerviosismo que lo dominó cada vez que se encontró con algún conocido. Tantas deudas no logran pagarse en una vida recuerda el hombre y suspira, se lleva las manos a los bolsillos casi por inercia y de ahí extrae no más que un puñado de arena. Otro tiempo que se vuela, ¿serán diez segundos? Cualquier suspiro es un tesoro para quien espera impaciente y el hombre, oh el hombre espera por la apertura de la puerta, sin saber siquiera cuanto tiempo ha pasado o cuanto tiempo habrá de pasar. ¿Qué espera? El fin, se dice a sí mismo cuando la temperatura baja y se ve forzado a frotar sus manos para conseguir algo de calor. Las puertas de mármol, impertérritas e indolentes cual pálido abrazo de lo inevitable, guardianas de aquello que protegen y testarudas ante el deseo de atravesarlas, han servido de compañía muda al hombre durante el tiempo de espera ciega. Tiempos incontables transcurren y traspasan al hombre, cansado todavía más que la última vez, ya no puede sino reposar junto a la imponente puerta de piedra tallada, con detalles infinitos para quien observa, esculpida por gigantes de otra era. Sin embargo, la puerta no guarda gota alguna del calor que el hombre alcanza a juntar entre sus carnes sueltas.

Uno de esos días la puerta se abre. Todo parte con un pequeño crujido que lo saca del ensueño, hasta entonces, el hombre acostumbra fantasear sobre algún día en que estuvo durmiendo en su propia cama, recuerda un gallo recibir al sol en la incipiente mañana. El hombre es un niño en sus sueños, un niño que da tres pasos hacia la puerta y ya es un hombre. Esa primera puerta que atraviesa en el sueño no vuelve a abrirse recuerda, ni el gallo vuelve a cantar, ni el recuerdo de las suaves sabanas se le queda en la memoria. Afectos que se pierden en las aguas serpenteantes de un aroma dulce que atraviesa las avenidas y las calles. Apenas visible, un fino hilo dorado lo lleva hasta la sombra de una mujer en el pasto verde y flamante de vida primaveral. – ¿Quién es ella? – Pregunta el clérigo corpulento que atraviesa las puertas recién abiertas . El hombre se asusta, no responde y vacila, se detiene para entonces encontrar alguna fuerza que le permita levantar el pesado y gastado cuerpo, para intentar atravesar las puertas. – No vas a llegar, no es tu turno – el clérigo da un paso más y la puerta se cierra de golpe a su espalda. Cierto, de haber saltado hacia el interior, el hombre probablemente hubiera resultado muerto. – Entonces, ¿quién es ella? – Pregunta el clérigo una vez más. No lo sé, sentencia el hombre evidentemente afectado. – ¿Por la puerta o por la pregunta? – interroga el clérigo una vez más, el hombre siente no entender, más la sensación se le escapa como la arena de los bolsillos. Saber o no saber no importa en este lugar, recuerda, ahora puede responder. – Ambas – dice y vuelve a sentarse junto a la puerta. El clérigo asiente con la cabeza y se sienta junto al hombre, manteniendo una distancia prudente entre ambos. La mujer tomó otro camino, ya no recuerdo su rostro – dice el hombre y regresa – ¿Y tú quién eres? ¿cómo pudiste abrir la puerta? – Desde el otro lado es como mover un saco de plumas – responde el clérigo arreglándose las ropas. – El otro lado, debe ser bonito – continua el hombre, ahora un poco más enérgico, sacudiéndose el polvo acumulado entre los pliegues. No lo sé – replica el clérigo, confundido de su propia declaración – ¿Era cierto? Cierto – el clérigo se pierde en sus propios pensamientos. El hombre se irrita luego de escuchar palabras que en sus oídos nada significan – ¿Qué era cierto? – interroga con desgano, sentido como atrapado en una jaula cuidadosamente fabricada por el clérigo, quien aún conserva semblante de inocencia. – Que al salir por la puerta nada se queda – parafrasea el clérigo, – ¿a quién? – Se pregunta el hombre pero no pregunta, en su interior piensa que sería como escuchar el final de una historia antes de escucharla. No importa, con esto ya tiene suficiente información. El clérigo salió por voluntad propia, es más, al salir sabía que la puerta cerraría de golpe, su actitud actual de perder el tiempo junto a la puerta cerrada, junto al hombre embestido por el paso de los tiempos solo significa una cosa. Que el clérigo ha “querido salir”, en vez de “haber sido expulsado”. Esta revelación causa nuevas tribulaciones en el interior del hombre. Será que hasta las vacas quieren vacaciones – interroga al aire, el clérigo no responde, se queda ahí escuchando y sonriendo. Y ¿Cómo sigue el sueño? – el clérigo no se ha cansado de conversar, aprovecha el intertanto para remover el exceso de arena de sus pies. El hombre se levanta tembloroso, acusa algún dolor de rodilla para guiar la atención del clérigo lejos de sus ojos desesperanzados. El sueño es un largo camino, abajo hacia las cavernas más profundas, arriba hacia las cimas más altas y un cúmulo de papiros cada vez mayor, hasta que las columnas de memorias arrebatan el sol y una sombra violenta atraviesa las paredes de todas las cosas, insaciable se aferra de mi piel y me lleva, ¿o la llevo yo? No recuerdo, el camino no termina, espera, estoy al lado de la puerta. El hombre termina el relato, se rasca la frente hasta provocarse una herida que no sangra. El clérigo mira en silencio hasta que el hombre se sosiega, hasta que vuelve a sentarse al lado de la puerta. – Cuando las abran para tí espero que no vuelvas, pero si regresas buscame afuera del templo – El clérigo hace un ademán con la cabeza para despedirse, luego camina hacia tinieblas que los ojos cansados del hombre no logran descifrar.

Un largo tiempo pasa hasta escuchar un nuevo crujido en la puerta, el hombre se levanta con parsimonia, quitando la tierra de su piel deshilachada, de sus largos cabellos blancos sin brillo, de sus ojos opacos. Siente su cuerpo quebrarse en miles de partes, ¿miedo? Un largo respiro y ya está, el hombre en frente de la puerta abierta de par en par. Una lagrima cae en su mejilla, ¿será un sueño? Frente a él, más allá del umbral de la puerta, una figura femenina espera en medio de la explanada verde y rebosante de vida, el sol intenso en el cielo acompaña las indescifrables formas de incontables nubes que atraviesan el horizonte. El hombre avanza hacia ella, la sombra en el pasto verde, ya había estado aquí recuerda, ese día que se pierde en sueños interminables de sofocante angustia. Tan solo estirar los brazos será suficiente para terminar con la pesadilla y, sin embargo, el cuerpo del hombre ha quedado en la puerta.

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