24 de Marzo (Parte I)

Hoy_28

(Aunque puedes leerlo por sí mismo, debo advertirte que esta historia es la continuación de Pa callao).

¿A qué profundo abismo he caído ahora? Que entre recuerdos difusos y estereotipados intento construir una identidad propia, más allá de las convenciones que me parten el alma por las mañanas y que me refriegan en la cara lo patético de perderle el sentido a la vida antes de acostarse. Si, en serio, soy yo de nuevo, eso dije una vez hablando por teléfono, una vez que me quedé en pana en la carretera. Bueno, también es que me gustó la empezada previa (Pa Callao) así que traté de imitarla.  La verdad es que quería contarles sobre esa vez, ese 24 de Marzo de tragedia griega en que conocí a la Dani. Y sí po, en realidad al principio estaba todo mal, ¿acaso no es siempre así? Como cuando te das cuenta que para ser feliz tienes que subir una escalera de peldaños cada vez más finos, que por último cuesta hasta mantenerse parado para descansar. ¿Muy críptico? Lo siento, es que estoy medio irritado, me pongo así cuando no almuerzo y resulta que hoy no he alcanzado a comer, en parte porque el tal Don Ritchi ha venido a contarme sobre la muerte falsa de la Dani y además, ahí en el funeral no había comida. No sé, esperaba que al menos hubieran unos canapés, que se yo, en realidad había un asado pero no podía quedarme, la vergüenza ajena me ganó, lo admito.

Pero bueno, para que no quede como que la Dani es una persona horrenda les voy a contar sobre el fatí-idílico día en que nos conocimos. Ahora hasta invento palabras, ¿les tinca? Es que las lenguas muertas pueden renacer supongo, ya pero volvamos al tema en cuestión, les dije que estaba en la carretera, en medio de la nada, rodeado de anchos espacios de arena, entre dunas doradas y resecas por el sofocante e intempestivo manto de lava invisible que el astro rey no olvida de esparcir entre los horizontes. Y justo ahí, entre las líneas efervescentes del pavimento flameante, de entre las difusas curvas de los espejismos aparece la Dani con su enorme mochila de acampar, con sus intrigantes pantalones cortos azul  profundo que dejan caer largas piernas esculpidas con destreza artesana, se los juro. Con su jockey rojo, importado de seguro, que desafía al viento desértico manteniéndose sujeto a sus largos cabellos castaños, para culminar el look con unos lentes de aviador, de esos bien grandes, que me hacen perder el control del automóvil por unos segundos, suficiente como para provocar su sonrisa y para hacerme sentir obligado a recogerla. Cuando se sube al asiento del copiloto nos miramos fijo por primera vez, les prometo que vi un casorio, unas guaguas naciendo en el pabellón, así llenas de sangre y pedazos de placenta. Me vi peleando en una mesa de comida junto a un montón de cabros chicos pesados que no dejaban de gritar canciones pegajosas de la tele, un pailón saliendo de la universidad y ahí estábamos los dos, la Dani y yo, llorando por el logro de un hijo que jamás he conocido. Hasta vi un atardecer al final de los días y dos manos juntas despidiéndose en el inicio de una noche tan larga que me dio sueño. Todo eso en el espacio de un latido de corazón y la Dani creo que algo vio, no sé qué, nunca le pregunté. ¿Cómo iba a conversarle luego de tamaña ilusión? Hubieran visto la cara que puso cuando le pregunté si tenía guagua, onda de donde salió este tipo o mejor me bajo acá, apuesto que una de esas dos frases se le vinieron a la mente. Pero no me dijo nada, creo que no le interesaba lo que yo dijera en ese momento, ese privilegio me lo tuve que ganar en el camino. Estuvimos conversando un rato, me preguntó por qué viajaba solo por la carretera, le conté que quería saber que había al final del camino, que me pasaba noches enteras pensando en eso. Me dijo que no po, que lo importante es el viaje y no el destino. Le respondí que a mí en realidad me gustaban ambas cosas, que no había sentido en elegir cuando podías tener ambas. La Dani me miró sin pestañar y algunos segundos después estábamos hablando de otra cosa, así era la Dani, bueno ustedes ya saben. Estuvo escarbando el espectro radial durante un rato, buscando alguna tonada que cambiara el tono de la jornada teñida de “tener ambas” como razonamiento plausible e irrefutable, al final respiró profundo y me dijo que ella había escapado de la casa, que quería saber cuán lejos podía llegar antes de que la extrañaran. Resulta que bien lejos, dijimos ambos al mismo tiempo y reímos, aunque ahora pienso que tal vez la Dani  se rió forzada. Después de eso vino un rato de silencio que solo fue interrumpido por la primera campana del día del juicio. Bueno así lo sentí ¿ok? Que iba a sentir si estaba ahí al lado de una hermosa mujer de temperamento cálido y buenas ideas sobre la vida. Vamos, no pueden negar que eso de saber hasta dónde podía llegar no les resultó poético. La cosa es que la campana de bajo nivel de la gasolina me devolvió a la realidad pesada de los viajes improvisados, el nerviosismo me llevó a perder el hilo de la incipiente conversación y la Dani sintió mi falta de confianza como excusa perfecta para regresar al estado de confusión que la llevó a partir de viaje y que, luego de recorrer tantos kilómetros, todavía no había podido dejar atrás. Para que decir cuando vimos ese cartel de la gasolinera más próxima, ¿a que no adivinan? Cien kilómetros más adelante. Luego de eso escapé de la mirada de la Dani con habilidad arte marcialezca, no les miento, en eso de hacerme el loco soy como un ninja en plena era tokugawa. Ya, se me salió lo otaku pero ¿pueden culparme? Contenido tan original no se ha visto sobre la faz de la tierra, increíble que lo único que tomó fue un par de bombas atómicas ¿Quién lo hubiera pensado?

Ehmmm creo que nos fuimos para otro lado y la verdad es que no me había hecho el loco realmente, lo que pasa es que necesitaba un poco de tiempo para elaborar un plan de salvación. Esto fue lo que pensé, al auto le deben quedar aproximadamente unos 70 a 80 kilómetros con suerte, cosa de apagar el aire acondicionado… ¡Pero que mierda! como cresta tenía prendido el aire acondicionado en una situación como esta. Honestamente ver a la Dani derritiéndose al lado mío, con el calor del desierto provocándole ese intenso brillo veraniego en toda la piel bronceada, creo que no hubiese sobrevivido. Oigan no me juzguen, soy humano ¿ok? Bueno en que estábamos, ah sí, 70 a 80 kilómetros, eso me dejaba con unos 20 kilómetros extra para caminar bajo el intenso sol desértico para conseguir gasolina, regresar esos 20 kilómetros, con un total de 40 kilómetros caminados en total. Si tomamos en cuenta que la velocidad promedio de un ser humano caminando es de 4 kilómetros por hora, resulta que mi plan hace hoyos por todas partes. Tanto rato en silencio y yo creo que la Dani ya sospechaba algo, lo digo porque no dejaba de tomarse el mentón con la mano, al tiempo que entrecerraba los ojos pegados en todas y cada una de mis silenciosas caras de sufrimiento. Al final que le dije lo que estaba pasando, elegí el tono más calmado que pude conseguir y fui directo al grano, más no tuve que esforzarme mucho pues al poco rato el motor dejó de funcionar, un poco más allá nos detuvimos completamente. Ahí fue cuando dije “sí, soy yo de nuevo” ¿recuerdan? Mientras hablaba con la encargada de la gasolinera por tercera vez, intentando explicarle por qué esa duna a mi derecha era completamente diferente a las demás, que era casi imposible perderse en el camino, tratando de convencerla de echarme una mano mientras la Dani se acomodaba en el asiento para dormir un rato. A que no adivinan a quien se le ocurrió llamar a la gasolinera, si… tienen razón…

(¿Continuará?)

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