La espera

2.29

Los pies le duelen hace rato, desde antes de llegar a la larga fila para ingresar al hospital. La Gladis le dijo que no fuera, que se quedara en la casa, pero él sabe que en la casa no puede quedarse, que su enfermedad ahí encuentra terreno fértil para expandirse, que de quedarse corre el riesgo de enfermar a los suyos y eso el José no lo va a permitir. En el papel tapiz despegado de las paredes, detrás, ahí entre el moho creciente se esconde la maldita enfermedad que lo tiene suplicando por una muerte rápida, incapaz de tomarla con sus propias manos. Debajo de la mesa, a la hora de la comida, ahí está esperando esa maldita enfermedad y en la noche, cuando todos callan, vuelve a aparecer, llenando el aire de la habitación con un tenue pero efectivo olor a oxido que lo ha arrebatado de las bondades de una buena noche de sueño hace semanas ¿cuántas? No recuerda, no puede siquiera pensar en esas cosas aguantando el dolor de pies que lo tiene ahí, sufriendo en silencio en la fila para entrar al hospital.

¿Cuántos faltan? 110, uno menos desde la última vez que miró hacia la entrada del recinto hospitalario, una ligera mirada y logra contar a los 110 enfermos que llegaron antes que él. De aburrido reparte odio entre aquellos que no se ven tan enfermos – ese podía esperar un día más – se dice a sí mismo al ver al siguiente afortunado en ingresar, caminando de lo más lindo, como si nada le doliera. Enervado piensa en patear una piedra pero el dolor de pies no le permite ejecutar dicha maniobra, no, es mejor guardar fuerzas para más rato. ¿Cuántos faltan? 80, – ese de allá tiene apenas un pie enyesado, ¿Qué hace en urgencias? ¿acaso se le va a quebrar más el pie? – José no se anda con tonterías, no, no, para él un pie roto es cosa soportable, un par de días en la cama y listo. No habrá sabido él cuando le cayó un pesado automóvil en toda la pierna en el taller mecánico, – estas cosas se quitan caminando – le había dicho a sus compañeros en ese entonces para evitar las burlas ¿Cuáles burlas? El buen Roberto había ido corriendo a ver que le había pasado a su amigo de toda la vida, pero el José jamás dejó que nadie lo mirara con ojos compasivos, para este tozudo viejo mañoso los sentimientos eran para mascotas. Pero así y todo el José no puede sino rogarle al cielo por un espacio en el hospital, por ser atendido a la brevedad, su padecer actual no le permite darse lujos de macho cabrío. ¿Cuántos faltan? 35, pegado en los recuerdos de su vida pasada, terminada sin pena ni gloria en modesta celebración con sus compañeros de toda la vida, los mismos que luego le pidieron colgar la llave de tuercas, después de no sé cuántas metidas de pata que terminaron costándole un montón de clientes al taller. El tiempo se le vuela al José, ¿cuán rápido se le fueron los años juntando pedazos de latón, ensuciándose las manos con grasa y apretando tuercas por aquí y por allá? ¿Cuántas gracias recibió por volver a la vida a tanto anciano metálico con sus manos milagrosas? – Es la experiencia jefe – El José gustaba de esconder el orgullo pero todos veían como se le hinchaba el pecho con cada palabra bonita que le tiraban, como se le ponían vidriosos los ojos que hasta daba pena verlo mucho rato. Ese mismo pecho lleno de orgullo explota en la entrada del hospital, cuando la encargada le dice que, aunque efectivamente ha hecho la fila, se le ha quedado la ficha médica y por tanto le es imposible dejarlo ingresar. Ahí es cuando el José se olvida de toda la modestia y se pone a lanzar improperios a diestra y siniestra, hasta que se le va todo el aire de los pulmones. Es que no hay caso con esta señora encargada de la entrada que hasta se atreve a mirar a la siguiente persona para pedir que “avance la fila”, volviendo invisible al José, que se queda en silencio mientras el siguiente enfermo pasa al interior para ser atendido.

¿Cuántos quedan? 250, luego de haber partido corriendo de regreso a casa, con ese rengueo que nunca lo abandonó desde el incidente con el automóvil y su pierna. Con la Gladis poniendole la cara en la puerta, diciéndole que no sea porfiado y que se quede, que se acueste y trate de relajarse, que se tome las pastillas para dormir, que ella ya sabe que no se las está tomando. Pero el José nada, ni una cara de enojo ni una de pena ni una de burla, nada, es que la mente ya no le alcanza ni para pelearle a la concubina. La enfermedad lo tiene así, se le pega en la piel como chicle gastado, se le esparce como mancha por todo el cuerpo y no lo suelta. ¿Cuántos quedan? 83 y el José ya ha imaginado 83.000 formas de cortarle la garganta al tipo de adelante que prende y prende cigarros, echando humo como locomotora a vapor. Pero no, el José no es bueno para pelear, algo extraño considerando su fornida musculatura y buen porte, algo mayor al promedio regional. No es que no hubiese sentido ganas de pegarle a alguien en su larga vida, pero siempre hubo algo que lo detuvo, los nervios previos lo traicionaron en distintas ocasiones. Los tiritones lo llevaron siempre a bajar la cabeza, igual que en la cocina de la casa de su infancia a la hora de la cena, donde nunca pudo imponer su voluntad. Años y años pasaron para que el José pudiera olvidar el terror que lo llevaba a resbalar las cosas entre los dedos cuando alguien le hablaba por la espalda, a darse otra vuelta a la manzana antes de entrarse a la casa, incluso en días lluviosos, regresando del complejo educacional donde aprendió el arte de afinar y reanimar armatostes de metal.

¿Cuántos faltan? 15 y el José incansable buscándole la mirada a la señora en la entrada del hospital, entre medio irritado por la situación previa y buscando alguna satisfacción. Pero también le pasa que una mala espina se le ha clavado en el costado desde que el sol se le puso encima de la cabeza. Y ahí en la entrada del hospital esa espina termina por clavársele profundo, cuando la señora encargada le dice que – hasta aquí no más con los pacientes el día de hoy – noticia que no le gusta mucho que digamos al José que termina acordándose del nombre de la madre de la señora, de sus parientes cercanos y los más lejanos también. Y la gente detrás de él también opta por lanzar improperios ahora que todo se ha perdido. Pero… ¿cómo esperar a que lo inevitable se haga realidad para dignarse a reclamar? Piensa el José ya cansado de insultar a la señora que, bien estoica, demuestra no tener interés alguno en las palabras que le profieren. -Yo solo quiero que me atienda el médico, llevo muchos días sin dormir, uno más o uno menos, cuál es la diferencia señora – termina el José, entre cansado y aturdido por el dolor de pies, exhausto por la maldita enfermedad que se lo come desde adentro. Pero también desmarcándose de la manga de cobardes que gritan detrás de él. Y quizás esto último es lo que insta a la señora encargada para recibirle la ficha médica – A ver déjeme ver – El José, escondiendo la incipiente sonrisa que lo lleva a tomar un rayo de sol entre sus manos, entrega el papel con el mayor de los cuidados posible. La reverencia posterior de la señora indica el éxito en esta última empresa. – Ah no, es que el médico se fue de vacaciones, vuelve en tres semanas – sentencia la excelentísima encargada de la entrada y el José cae nuevamente en el más crudo de los inviernos. Los siguientes segundos se la pasa caminando en silencio, ¿hacía adónde va? No se sabe, algunos dicen haberlo visto caminar en círculos antes de sentarse en la calzada de la vereda, para luego bajar la cabeza, quedarse ahí quieto y en silencio.

Testigos dicen que luego de un rato se paró y caminó directo al centro de la calle, justo en el momento en que un camión de gran envergadura pasó a gran velocidad, llevándose consigo al José y todos sus males. Esos son los más fatalistas, la verdad es que el José si caminó en círculos por un rato, en su mente batallando con los fantasmas del pasado, ese mismo pasado que le paralizó cada vez que el conflicto tocó a su puerta. Pero el José algo de valor ha juntado luego de setenta y tantos años de vida. Aferrado a ese valor, decide caminar directo a la entrada mientras la señora está distraída convenciendo al resto sobre la imposibilidad del recinto para atender a más personas. Ahí es que el José aprovecha para ingresar al hospital y caminar por el largo pasillo de paredes verde pastel, desteñidas de tanto cloro y tanta sanitización que solo un lugar lleno de enfermos puede ostentar, tratando de ignorar el hipnotizante patrón de cerámica negra y blanca del piso brillante, haciendo caso omiso a los gritos de la excelentísima guardiana del portal que no duda en devolverle todos los improperios recibidos anteriormente. Un poco más allá lo increpa una enfermera y luego un guardia parte corriendo a detenerlo, provocando que el José pierda toda la calma que le queda. A trenzas se va con el guardia, ambos ruedan por el pasillo y caen por las escaleras, para terminar desparramados en el piso del area de pediatría. Un par de combos más y el José siente el dulce sabor de la victoria en la batalla. Por primera vez en su sacrificada y abnegada vida, silenciosa de su propia rabia que lo carcome por dentro, logra sacarse los nervios de encima. Y ahora, luego de dejar al guardia sangrando en el suelo, logra calmar aunque momentáneamente su ira. Una inyección de tranquilizante, administrada por la enfermera logra detenerlo y tumbarlo finalmente. Y ahí queda el José, por fin durmiendo, luego de semanas, en una camilla de hospital, con la pierna en alto, enyesada luego de habérsela quebrado al caer por las escaleras.

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