Mala Costumbre

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Había una vez una guagua que estaba llorando, tirada en medio de la autopista. Sus codos pelados y quemados por el concreto hirviendo de la 5 norte, entre Tongoy y Los Vilos, de forma retórica me refiero. Y me hubiese gustado correr la mirada, pero la guagua me tenía agarrado de las tripas. Se me ocurrió que quizás llovía, que alivio sentí al pensar eso. Pero era la mitad del verano más seco de la historia, era más probable que lloviera fuego. Lo más gracioso es que la guagua no estaba llorando por el dolor físico, sino que intentaba procesar el rechazo de sus padres, sintiendose él, reflejo de todas las fallas de ellos. Esta guagua era como esas personas que no se conocen mucho, que escuchan voces en sus cabezas y a veces hasta conversan. De los padres no mucho se puede decir, eran una pareja como esas que ves caminando por la calle, como cualquiera, como nadie. Los olvidas fácilmente si recuerdas que sus actos los llevaron a dejar botada a una guagua en medio de una carretera vacía, entremedio de las dunas indescifrables del desierto.

El chirrido de los neumáticos deslizándose en el asfalto ardiente de las tres de la tarde, estruendo agudo que irrumpe en la quietud del lugar. La mirada aterrada de la señora que, de forma inconsciente, se lleva las manos a la cara, termina de configurar el panorama devastador. El hombre traga saliva y trata de no dejar espacio a la duda. Él lee en el asunto un enigma de cuya solución depende el futuro entero de su relación. Sus dudas se multiplican cuando aprieta el pedal de freno. Hasta hace unos metros atrás, la ilusión de que se trataba de una bolsa de basura, un perro atropellado, incluso herido de gravedad, le hacía descansar la pereza que lo acompañó toda la vida. Pero no cabe duda alguna de que se trata de una guagua, lo sé porque yo también hubiese querido que las cosas fueran de otro modo, pero las cosas no son sino como son y no hay nada que se pueda hacer contra eso. La mujer crece en impaciencia, está cansada de mirar a su acompañante sumido en el miedo. Varias veces ella lo ha visto de este modo, la expresión timorata, débil, como de víctima de abuso sexual. Ella piensa que a él lo han violado en la cárcel, donde cumplió sentencia durante 1827 largos días de encierro, junto a individuos con “otra cultura”, como suele referirse él a sus compañeros de celda, con esa mirada tensa que a ella no le hace sentido. Viéndolo así, ella llena los espacios en blanco de su vida imaginando a su pareja con la cabeza enterrada en la almohada, sometido por otros más fuertes. El automóvil se detiene y el hombre se baja con la mente en blanco, ahí mismo se da cuenta que se ha pasado la vida “como adivinando”, como caminando con los ojos cerrados. También se da cuenta que tiene miedo de abrir los ojos, porque las imágenes le parecen grotescas e inentendibles. No es sino hasta que la bocina del auto lo trae de regreso a la realidad, que el hombre nota que la mujer está aburrida de estar esperando. Y el hombre mira hacia abajo, al suelo y la guagua ya está quieta, el silencio de las horas que no pasan envolviendo las líneas que separan las formas de todas las cosas. Una parte del hombre muere ese día. Ella sigue con su vida, dice que no la conocía, a la guagua me refiero y tiene razón en eso.

Dos años más tarde, ella atiende pacientes en un hospital público, la han asignado al área de maternidad y hace poco la retaron por salir a fumarse unos puchos al estacionamiento. Hace algunos meses ella había caído en cuenta que las guaguas notan el olor a cigarro en las manos, pero había decidido olvidarlo. Mayor es su sorpresa cuando encuentra al hombre de la autopista en la entrada del hospital. No lo había visto desde el último día de ese viaje, el día en que regresaron a la ciudad, poniendo sumo empeño en no traer al presente esos recuerdos dolorosos del desierto. Él también se está fumando un cigarro, costumbre que comparten desde los tiempos de la radio concierto (la segunda radio del rock). Se saludan con efusividad espontanea, cosa que sorprende a ambos, les cuesta mirarse sin sonreír. Luego de algunos segundos logran hilvanar algunas frases con sentido sintáctico, mayoritariamente nostálgico. Intercambian números telefónicos, contacto en sus redes sociales, se sienten tan cerca el uno del otro, aliados perdidos en una antigua batalla ahora reunidos, en esta nueva época de sus vidas.

Ella regresa al pabellón con otra actitud, más activa, receptiva. Se toma el tiempo para leer la ficha clínica, involucrarse de forma más personal le parece necesario. No es hasta que su teléfono suena de repente, silenciando la música celestial que la acompaña desde la entrada del hospital, que se da cuenta de su error. Otra vez ha caído ella en una de sus fantasías diarias, lejos quedan los castillos ancestrales y las grandes aventuras mitológicas. El timbre del teléfono se cuela entre las sabanas y las almohadas de los pacientes, quienes acostumbran tener poca paciencia. La persona en el teléfono le recuerda, quizás sin quererlo, todas las cosas malas que ha hecho. Ella se ríe y escucha atenta, pero por dentro quiere cortar la llamada. Es que no recuerda en qué momento dejó de ser libre y bella, como era ella, según ella misma recuerda. La puerta se abre e ingresa la camilla, el equipo compuesto por la matrona, amiga de ella, otras dos enfermeras y la obstetra encargada de toda la operación, testamento cotidiano del orden en la colmena, le rompen la fantasía nueva. La paciente viene dilatada, largas contracciones la llevan a alucinarse a sí misma siendo un árbol, soltándose como las hojas, viajando entre corrientes de aire junto a la gaviota de Richard Bach. El marido ingresa al pabellón, con el uniforme sanitario que le han entregado para asegurarse que sus bacterias, hongos y enfermedades no logren atravesar las barreras, dispuestas entre él mismo y su hijo recién nacido, que ahora sale desde la entrepierna de la mujer a quien él ha jurado amor incondicional. Pero el disfraz no la engaña a ella, la expresión timorata, débil, como de víctima de abuso sexual, delatan la identidad del hombre. Los motivos del encuentro en la entrada del hospital ahora se hacen evidentes. Este hombre, que hace minutos aparecía como la posibilidad de una nueva vida para ella, de hermosos recuerdos ya vividos en su mente, alucinando una existencia maravillosa desde la entrada del hospital y hasta el pabellón, ahora transmuta en recurrentes pesadillas que la acompañan como las sombras irregulares del atardecer.

La matrona estira los brazos con cuidado para depositar la guagua en los brazos del hombre y la mujer recuerda ahora la razón por la que terminaron después de ese viaje por el desierto. Es cosa de ver como al hombre se le resbala la guagua entre los brazos, como el cuerpo del infante se azota en el piso helado de la sala de operaciones, para entender las razones de ella. Darwinismo puro dirán algunos, yo creo que ella se dio cuenta que ese tipo no sirve para sostener cosas, que la paciencia es virtud de pocos y los retoños se toman su tiempo para crecer. Pero el hombre quieto no se queda, no señor. Él corre, trota, levanta pesas, hace abdominales y las flexiones que aguanta son tantas que las piernas se le doblan y su cuerpo cae exhausto en el piso helado del gimnasio vacío, único momento en que él se siente libre de las miradas del mundo. Y el recuerdo de la guagua calcinada en la autopista ahora aparece como recordatorio de que las cosas pueden ponerse peor, que hay razones para seguir adelante, siempre adelante, hacia alguna parte que no se sabe donde y no importan las consecuencias, tan solo tira paelante. Pocos pasos más allá, el hombre se encuentra una vez más en la sala de operaciones, solo que esta vez su esposa e hijo no se encuentran y la mujer, con quien había viajado al norte hace tantos años, tampoco se ve entre los seres que ocupan los espacios del lugar. Y es entonces que el hombre se da cuenta, otra vez! Que ha perdido el tiempo sin darse cuenta, cegado por objetivos abstractos, sus esfuerzos se le escapan como calor residual en un proceso industrial. Es que algo tenía que hacer el buen hombre. Al final que su hijo nunca le perdonó el azotón en el piso del pabellón y la desaparición por más de diez años de su vida. Algunos dicen que esa fue la razón o motivo fuerza que impulsó al pequeño a invertir el dinero de la pensión alimenticia en una máquina del tiempo, para salvar a la guagua de la autopista, con la esperanza que dicho acto mantenga unida a la mujer y al hombre, previniendo de esta forma su propio nacimiento.

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