La Caída

21b

Esta mañana, el científico Karl Jürgen no quiere mirar a nadie, quiere guardarse todas las emociones para sí mismo. Quiere palpar las gracias de su éxito rotundo, luego de años de sacrificio, según describe él mismo en su autobiografía, que no saldrá a la venta hasta dentro de cuatro años. Hoy, esas citas existen únicamente en la serie de cuadernos que el hombre ha utilizado para incrustar sus pensamientos, sus intervenciones divinas sobre el papel virgen. El timbre suena y encuentra a Karl mirándose en el espejo del baño de su habitación, reafirmando su gloria y majestad con una sonrisa que le llena la panza de orgullo. ¿El motivo de tanto alboroto? El prestigioso Brilliant minds award lo ha elegido como científico del año, a causa de su notable contribución a expandir el horizonte del entendimiento humano. La sonrisa en el espejo se pone macabra por una fracción de segundo, espacio de tiempo en que la verdadera naturaleza del hombre atraviesa el complejo laberinto de represiones que lo han transformado en un ser más o menos tolerable para la sociedad. Si la gente supiera, se piensa para él mismo, que don Karl Jürgen, neurobiólogo y psicoanalista de profesión, respetado por pacientes y colegas, padre de una adorable familia compuesta de su esposa Isabelle y sus dos pequeños retoños, en realidad detesta profundamente a la raza humana. Si tan solo algún miembro del jurado de la Brilliant minds awards supiera que el factor único y determinante para el progreso histórico de este hombre está fundamentado en el profundo odio que siente cada vez que comparte el aire con otro miembro de su propia especie, entonces esa persona entendería la sonrisa macabra en el espejo, producida por la certeza de que las verdaderas intenciones del científico no han sido reveladas y que el triunfo le depara más y mejores momentos de soledad.

Largo viaje hacia atrás hay que acometer para entender los motivos que han llevado a Karl a desarrollar tal aversión para con el resto de las personas, si es que asumimos la condición histórica del sujeto en cuestión como determinante en la justificación de su rechazo. Quizás sea algo mucho más simple que eso, quizás sea por su cara, demasiado asimétrica como para competir en el campo de la belleza, quizás sean sus hombros caídos o sus brazos, demasiado largos como para no ganarse el sobrenombre de “orangután” entre sus compañeros de colegio. Quizá hayan sido los consejos poco realistas de su madre, como “eres el niño más lindo del universo y quien no lo vea está ciego”. Mentiras que causaron profunda confusión en el pequeño Karl, mientras hacía lo posible por conseguir alguna pareja en los bailes juveniles, ocasiones en que la realidad se le deformaba, o sea, ¿cómo era posible que el niño más hermoso del universo no llamara la atención de alguna mujer? Interrogantes como esta llevaron, lento pero seguro, al joven Karl a interesarse por la “condición humana”, frase que rescató de algún ensayo de Jean Paul Sartre y que luego acuñó como propia. “Pues es imposible hablar de naturaleza humana en el hombre en cuanto el hombre se encuentra y luego piensa sobre su existencia”, solía repetir hasta el cansancio el buen Karl durante sus años de universidad, donde su fealdad fue cubierta por su capacidad para absorber nuevos conocimientos y modificar su comportamiento de acuerdo a estas nuevas directrices. Aprender, en pocas palabras, fue la acción que llevó a Karl a destacar en el campo de la biología, a ganar el afecto de sus compañeros e incluso a robar más de un beso a sus compañeras de clase. Pero la confusión siguió metida ahí, en lo profundo de su conciencia, como aguas negras en lo profundo de un estanque que, sin embargo, no logran verse sino al mirar con detención, reveladas con la luz de la alegría que sus parejas le causaron al enamorarse él de todas ellas. Relaciones perdidas entre sus manos, algo entendible si consideramos que Karl nunca pudo confiar en ninguna de ellas. ¿Puede una mujer amar a un orangután? Pregunta que se le aparecía cada vez que se recostaba al lado de una pareja, luego de tener sexo con los ojos cerrados y el cuerpo tenso. Y luego el mismo Karl se preguntaba por qué lo dejaban y culpaba a la asimetría de su cara, a sus hombros caídos, a la extraña forma de su pene, el cual nunca supo si tenía las proporciones correctas. Lo que Karl nunca vio es que sus ojos cerrados, que estaban cerrados para prevenirse a sí mismo de ver su propio cuerpo, eran leídos por sus novias como una señal de los defectos físicos de ellas. Que sus enojos impulsivos, producto de la confusión y seguida del miedo a perder sus afectos, se volvían indescifrables y agotadores para cualquier persona, sea novias, amigos e incluso familiares. Y que el odio que fue creciendo en su interior, a causa de la lejanía del resto, había sido generado por su propia conducta antipática.

Karl tenía una explicación alternativa para todas estas cosas, había algo malo con la condición humana, algún elemento fundacional de la estructura de pensamiento compartida entre los miembros de la especie era la causa de su padecer. No era su fealdad, es que la arquitectura de pensamiento instauraba parámetros estáticos sobre las formas y sus semióticas correspondientes. No se trataba de su personalidad, sino que la percepción consciente generaba discursos falseados de las acciones acometidas. Su misión entonces estaba clara, establecer un mapa que revelara este elemento caótico que le impedía desarrollar relaciones duraderas, verdaderas. Karl Jürgen tenía 32 años cuando inició la epopeya de su vida entera, un viaje riguroso hacia la génesis de la conciencia humana, determinar las estructuras físicas desde las cuales emerge y desarrollar el mapa funcional de su desempeño. Para lograr dicho objetivo, Karl dejó todo atrás, según se relata en sus cuadernos, aunque convengamos que en este punto de su vida no le quedaba mucho más que sí mismo, para encerrarse en un laboratorio de última generación, pagado con dinero específicamente reunido para impulsar el bienestar general de la humanidad, alejado de toda interferencia y así, finalmente lograr lo que había estado buscando toda su vida, conectar con otra persona. Años se pasó Karl cortando cráneos con sierras eléctricas, desarmando cerebros vivos en busca de cambios en el comportamiento de animales incapaces de defenderse, de reclamar, de impedir el avance del conocimiento humano. Y Karl jamás sintió empatía por ninguno de los seres a los que destruyó, a quienes incapacitó o lesionó por el resto de sus días, todo considerado un pago equivalente a los beneficios que su investigación traería más adelante. Ni siquiera cuando logró contactarse con una red de tráfico de personas, para obtener algunos especímenes, necesarios para proseguir con los descubrimientos científicos, sintió él alguna emoción que no fuera de excitación, alimento que fue configurando la esencia de esa sonrisa macabra que se le aparecía de cuando en cuando, por las mañanas mirándose al espejo del baño de su departamento lujoso, ubicado en la zona más privilegiada de la ciudad.

Karl Jürgen recibe su premio con la felicidad de un niño al que sus padres hacen entrega de un juguete nuevo. El público que atiende a la ceremonia de los Brilliant minds awards se levanta de sus sillas y ovacionan al científico con aplausos que duran un buen rato. Jürgen mira para uno y otro lado y finalmente no logra ver a nadie entre las personas que lo celebran. “No importa”, se dice a sí mismo sin darse cuenta que está apretando sus dientes, bruxismo que lo ha acompañado desde que escuchara a su madre decirle esa tanda de mentiras, luego de haber regresado llorando a casa con la carta de amor rechazada, que había escrito a su compañera de curso en el baile de colegio. 45 años apretando los dientes y Karl Jürgen logra relajarse por vez primera en su vida, sujetando la estatuilla de oro, símbolo de su triunfo y reconocimiento de todo su esfuerzo, mientras maneja su automóvil deportivo último modelo por la larga autopista costera. Por vez primera su mandíbula descansa y el dolor de los músculos soltando el apretón se le hace insoportable. La mente agotada de tanto pretender junto a sus colegas científicos, con quienes jamás ha sostenido alguna conversación que valga la pena, le lleva a olvidar la mano ocupada y el movimiento brusco lo lleva a golpearse la cara con 25 kilates de oro sólido. La estatuilla cae de sus manos y va a trabarse en el espacio bajo el pedal de freno. Inútil es el intento de Karl para liberar el pedal, el esfuerzo lo ha llevado a perder además el control del automóvil, ahora enfilado hacia la pared de concreto que separa ambas laderas de la autopista. El impulso eléctrico que surge desde su amígdala y recorre toda su corteza cerebral, en busca de alguna respuesta conductual para enfrentar la presente situación, encuentra finalmente la misma respuesta de siempre, ojos cerrados que protegen a Karl de una realidad que no se quiere ver.

El automóvil golpea la pared de concreto a más de 130 km/hr. Es una millonésima de segundo el tiempo en que Karl se juega toda la existencia, mientras el vehículo de hace pedazos a su alrededor, mientras los vidrios se quiebran en mil pedazos y los metales crujen al doblarse, es que Karl abre los ojos por primera vez en su vida entera. Y ¿qué es lo que Karl ve? Ve su piel desgarrándose entera, desde la punta de su nariz hasta los dedos de sus pies. Ve sus músculos cortándose y explotando bajo la presión externa, liberando la sangre que lo mantuvo vivo durante todo este tiempo y derramando su vida entera en el interior del automóvil. Ve a su esqueleto emergiendo de la carne viva, siendo expulsado hacia adelante por la inercia y luego su cráneo abriéndose como un huevo, liberando con ello a sí mismo, que ahora sale despedido del interior de su cuerpo. Karl no puede creerlo, todo el pensamiento científico que ha acumulado durante su vida no sirve para explicar lo que está aconteciendo. Pese a todo pronóstico él sigue vivo, de alguna forma, habiendo dejado su cuerpo atrás, ahora cae profundamente hacia algún lugar que no logra ver, atravesando la vastedad de un espacio que tampoco puede definir. Karl puede sentir el viento entre sus dedos, aunque sus dedos han quedado atrás. Karl puede sentir sus cabellos rosándole la frente, aunque su frente ha quedado atrás. Karl puede sentir el vértigo que le revuelve las tripas, aunque tripas ya no tiene. La caída se alarga un buen tiempo, quizás días o meses, difícil saber en la conciencia de Karl, quien se pasa el mayor tiempo de la caída lamentando la inexactitud de su investigación. Y es que sus investigaciones habían llegado a la brillante conclusión de que existe un sustrato biológico para la conciencia, la cual emerge de las conexiones eléctricas y la composición química de las neuronas, habiendo quitado hasta el último pedazo de tejido posible a los “voluntarios” de su laboratorio y revisando cuidadosamente los comportamientos externos que indican la existencia de una conciencia en el interior de los seres estudiados. Ahora él mismo cae, de alguna forma, sin tener siquiera un sustrato físico para ello, desde no se sabe dónde y hacía algún lugar supuesto, pues si has de caer, has de caer a alguna parte, ¿cierto?

Algunos días más tarde, Karl logra divisar, sin siquiera tener ojos para hacerlo, un posible fondo de este interminable precipicio. Una mancha, casi una ilusión, que va creciendo conforme pasa el tiempo hasta hacerse más y más evidente, se trata de un espacio vasto, tan vasto que la mirada no alcanza a descifrarlo, que aparece como el fondo humeante de una caldera, como un montón de brazas acumuladas en el interior de una parrilla cuyas sinuosas puntas estacadas crecen en tamaño con la proximidad, al igual que su infinidad de valles y depresiones, características de una zona transformada a punta de violencia, tallada por el impacto de grandes seres mitológicos, divinidades de una época olvidada que fueron expulsadas de los designios de la luz de día. Karl recibe el impacto cubriéndose el cuerpo con las extremidades, en forma fetal, movimiento que no tarda en parecer inútil dado la condición actual de su existencia. Al tocar el duro piso de piedra volcánica, la piel invisible de Karl se enciende como grasa al contacto con el fuego. El dolor le lleva a revolcarse en el piso incendiado, aumentando el calor a causa de la fricción y sufriendo aún más por ello. Ahora Karl puede ver los límites de su existencia nuevamente, toda la superficie de su cuerpo cubierta por cenizas de sí mismo. El dolor no mengua y los pies le queman con cada pisada, casi por inercia busca refugio en la entrada de una caverna cercana. Ahí descansa y aprovecha de observar el apocalíptico paisaje, un cielo tan oscuro que destello alguno alcanza a divisarse en toda la extensión de su imponente tamaño, tan vasto y oscuro que parece venírsele encima a cada momento. La escasa luz, que permite observar las irregularidades en la superficie, proviene del magma enrojecido y burbujeante que atraviesa los contornos obsidianos de todos los espacios. Como era de esperarse, Karl no puede creer lo que está viviendo, inmediatamente hilvana una línea de pensamiento que desestima la dantesca visión que se erige frente a él. En busca de una explicación razonable al fenómeno experienciado, Karl apenas y alcanza a escuchar las palabras que provienen desde el interior de la caverna. Son murmullos que le llegan desde lo profundo, será una o dos, quizás tres personas conversando en voz baja. Karl decide acercarse al sonido y camina con cuidado hacia el interior de la caverna, al hacerlo nota que las cenizas se le caen del cuerpo y vuelve a hacerse invisible, sin embargo, el fuego que emana desde el piso vuelve a quemarle la piel entera, reponiendo las cenizas perdidas. La aversión lo lleva a quitarse las cenizas de encima de forma compulsiva, aunque, luego de notar la futilidad de su actuar, decide olvidar todo el asunto y seguir avanzando. Un poco más allá, Karl Jürgen, el científico premiado por la Brilliant Minds awards, encuentra el motivo de tanto murmullo, un grupo de seres como él mismo, con la piel hecha cenizas y rascándose de forma compulsiva, se encuentran conversando, reunidos frente a una fogata construida con magma y piedras incandescentes. Uno de ellos lo mira y lo saluda, lo invita a unirse al resto frente a la fogata. Karl sonríe y se alegra sobremanera de haber encontrado a otra persona, otro compatriota, otro vecino, amigo quizás, en tan devastador escenario. Una alegría, como ninguna en su vida, le hace cosquillas desde los pies a la cabeza y lo lleva a abrazar a sus nuevos compañeros, a sentarse entre las piedras con toda la intención de poner atención y a aportar con sus propias ideas. Los demás lo reciben entusiasmados y se preparan luego a continuar la discusión, ¿el tópico? Donde cresta estamos y como llegamos aquí.

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