Apoteósis (Parte I)

Cuenta la leyenda sobre una tribu de hombres que vivía en la Tierra antes que cualquier otro hombre la habitara. Aham – raz era su nombre, la tierra de los que despiertan. En esa isla la mayoría del terreno estaba ocupado por un espeso bosque que se extendía de norte a sur, de este a oeste, exceptuando una pequeña porción en el este, una zona costera libre de árboles, donde los primeros hombres encontraron tierra fértil para asentarse. La pequeña tribu creció hasta alcanzar el medio centenar de individuos. Entre ellos se estableció la costumbre de la lucha para elegir al guerrero más fuerte, que los guiara hacia la supervivencia. Costumbre necesaria pues, en la espesura del bosque habitaban muchos seres de diferentes formas y tamaños, muchos de ellos capaces de derribar a un hombre y alimentarse de su carne. Es por esto que los hombres necesitaban hacerse fuertes y compartían el gusto por lo salvaje, por la guerra que sostenían en contra de esos seres, para mantenerlos lejos de la tribu. Sin embargo, esta naturaleza violenta era sufrida por las mujeres, quienes eran consideradas un premio para los guerreros más fuertes. Esclavas obligadas a mantener a los pequeños y a alimentar a los guerreros.

Sin embargo, hubo entre estas mujeres una que nació con la naturaleza cambiada, Irinia – Holan era su nombre y no era ella callada ni sumisa, sino aguerrida, porfiada. Ella vivió bajo la protección de su madre y su abuela, quienes aplacaban la furia de los hombres a quienes ella enfadaba y la mantenían alejada de los hombres que pudieran desearla, pues era ella además muy bella. Y durante ese tiempo, un nuevo guerrero se alzó entre los hombres de la tribu, uno como nunca antes se había visto. Iran-Zalur fue nombrado y su fortaleza solo era comparable con su ambición. Con la fuerza de sus brazos levantó la lanza de combate y derribó a todos los enemigos que se cruzaron en su camino. Iran – Zalur avanzó implacable hacia el liderato de los hombres, a costa de la sangre y muerte, de los cuerpos que formaron el sendero que lo llevó hasta la cima de la tribu. El poderoso guerrero gustó entonces de probar a todas las mujeres de la tribu para satisfacción propia y no hubo hombre alguno que se opusiera a su voluntad. Pero Iran – Zalur era hombre precavido, cuando las mujeres quedaban embarazadas, él mandó a asesinar a los recién nacidos, pues ningún hijo suyo debía nacer y así nunca debía existir hombre alguno que se opusiera a su voluntad. Todos los niños que nacieron de la semilla de Iran – Zalur fueron asesinados segundos después del nacimiento. Sus cuerpos calcinados en el fuego para borrar por completo su existencia. Y entonces el guerrero puso sus ojos en Irinia – Holan y sonrió al encontrar a la primera persona que se negaba a darle la razón. “Puedo romper tus huesos” dijo el poderoso señor de la guerra a la mujer. “Puedo aplastar tu cráneo” continúo Iran – Zalur, pero no encontró vacilar alguno en la mirada de Irinia – Holan. Molesto por la actitud de la mujer, Iran – Zalur tomó a la mujer por la fuerza y la obligó a entregar su cuerpo a los deseos del guerrero. Y la mujer jamás soltó quejido alguno, nunca dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas y nunca soltó el odio que la mantuvo viva en medio de los arrebatos que Iran – Zalur provocó contra ella. Tendida en el suelo, luego del acto sexual, Irinia – Holan juró a las estrellas que su venganza sería consumada. Y fue el mismísimo Aramantia, el dios que todo lo encarna, quien bajó desde el manto estelar disfrazado como una gaviota y visitó a Irinia – Holan en su congoja. El dios la consoló y le aseguró que él mismo había conocido al perpetuador de su venganza, en un punto del tiempo que aún no había ocurrido a ojos de los hombres. Aramantia apuntó con el ala derecha hacia el oeste y dijo a Irinia “sigue la línea que he dibujado en el piso para ti y mientras no la pierdas de vista, tu venganza se hará realidad, porque aquel que nazca de tu vientre será bendecido por mi gracia y nuestros caminos se encontrarán inevitablemente”. Pero Irinia desconfío de las palabras del dios, pues ella sabía que las criaturas del bosque odian a los hombres, pero el dios le dijo que su destino no era ser devorada por estos seres.

Y así fue que Irinia – Holan dejó la tribu de su infancia y se embarcó en una travesía a través del vasto bosque. Y tal como dijo Aramantia, en su camino jamás se cruzó ella con criatura alguna, pero su andar se complicó cada vez que su panza creció y creció a causa del embarazo, hasta que finalmente tuvo que detenerse para dar a luz. Y fue entonces que la luz de la línea de Aramantia se debilitó y las criaturas supieron de la presencia de Irinia – Holan en el bosque. Ágiles fueron entre las ramas de los árboles, entre los pastos húmedos y entre las entrañas de la tierra para llegar hasta la sombra del manzano donde Irinia – Holan dio a luz a su primer y único hijo, Iris – Zalur. Y las bestias gruñeron, sus colmillos y garras apuntaron a Irinia – Holan, quien suplicó por su vida más que por la de su hijo y esto las bestias notaron y se compadecieron del pequeño. Y ella notó esto y ofreció a su propio hijo a los seres del bosque, argumentando que el pequeño llevaba dentro de sí la fuerza necesaria para derrotar a los hombres. Las bestias meditaron entre ellas, su deseo de sangre era grande, pero más grande su deseo de acabar con sus antiguos enemigos. Y fue así que Irinia – Holan hizo un trato con las bestias del bosque, su propia vida a cambio de la vida de su pequeño hijo.

Años pasaron y el pequeño Iris – Zalur fue criado por un grupo de Rasgaris, bestias cuadrúpedas expertas en el arte de la guerra, con cabeza de lobo y cuerpo de extremidades largas, con el cuerpo entero cubierto de espeso pelaje de colores similares al entorno del bosque. Cazadores expertos, estas bestias enseñaron a Iris – Zalur el arte de la emboscada, de la paciencia y de la determinación. El pequeño hombre sufrió gran parte de su niñez, golpeado y derrotado incontables veces por sus hermanastros Rasgaris, quienes lo apodaron el “patas cortas” y disfrutaron verlo caer de los árboles, quedar atrás en las corridas a campo traviesa y conformarse con las sobras de las presas que capturaban. Pero Iris – Zalur había nacido tan terco como su madre y jamás se rindió, soportó el frio del barro y la dureza de las piedras, olvidó el calor de la comodidad y abrazó el frio soplido de las noches, y se hizo fuerte a causa de ello. Años más tarde, Iris – Zalur alcanzó la madurez suficiente para retar al líder de los Rasgaris a un duelo por el liderato de la jauría. El joven héroe entendió que sus brazos no eran tan largos como los de la bestia, por lo que decidió usar su cuerpo como carnada para atraer al Rasgaris tan cerca como para asestar un golpe fatal. Y la gran bestia enfrentó a Iris – Zalur, y se lanzó contra él, cegado por su propia fuerza, confiado en sus poderosas garras, las cuales se enterraron en la carne de Iris – Zalur, tal como él lo había planeado. Y fue entonces que la bestia se encontró indefensa ante el joven, quien presionó sus músculos para impedir que las garras de la bestia escaparan de su cuerpo y tomó al Rasgaris por el cuello, asfixiándolo y dándole muerte en frente de todos. Desde ese entonces, Iris – Zalur fue conocido como el “Inmortal Rasgaris” pues se creyó que ningún Rasgaris podía derrotarlo.

Las noticias del triunfo de Iris – Zalur se esparcieron por el bosque y representantes de todos los seres se juntaron una vez más, esta vez para felicitarlo, pero también para pedirle que llevara a cabo la promesa hecha por su madre, la destrucción del mundo de los hombres. Pero Iris – Zalur no tenía intenciones de hacer la guerra y las bestias no tuvieron argumento alguno para convencerlo. Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que se supo del avance de los hombres, guiados por Iran – Zalur, a través del bosque. Una horda de hombres se acercaba implacables hasta el territorio de los Rasgaris. Y fue entonces que el camino de muerte y destrucción provocado por Iran – Zalur llegó a oídos de su hijo no reconocido, quien entonces accedió a la petición de los seres del bosque y declaró la guerra a los hombres. El plan de Iris – Zalur era sencillo, mientras un grupo de bestias impedía el avance de los hombres, él y un grupo selecto de Rasgaris se adentrarían en el bosque, avanzando hacia el este, con el objetivo de llegar a la aldea de la costa este, para acabar así con las mujeres y los niños, logrando con ello debilitar la moral de los guerreros y obligándolos a retroceder. El plan se puso en marcha e Iris – Zalur viajó junto a los Rasgaris hacia el este, mientras su padre libraba batalla en contra de las bestias que lo enfrentaron en medio del bosque. Durante la noche del séptimo día, el grupo llegó hasta las costas del este e ingresaron a la aldea sin ser detectados. Protegidos por las sombras de la noche, Iris – Zalur y los Rasgaris atacaron a las mujeres y a los niños, pocos hombres quedaban para hacerles frente y fueron todos derrotados. Pero entonces sucedió algo que el joven Iris – Zalur no había previsto, fue en el momento en que salió de una de las chozas y vio a una mujer suplicando por su vida frente a uno de los Rasgaris. El corazón de Iris – Zalur vaciló por primera vez en su vida, una sensación extraña, diferente a todas las que habían alimentado su alma durante los años de su vida se le metió bien adentro y entonces ya no pudo levantar armas contra los hombres de la aldea, sino que se mantuvo quieto entre las sombras, enajenado ante la matanza que él mismo había organizado. Y entonces un deseo incontrolable de limpiarse la sangre del cuerpo lo invadió, Iris – Zalur corrió hacia la orilla de la playa y se internó en las aguas violentas de la noche oscura y se dejó llevar, acongojado por una carga pesada que le aplastaba el pecho, un dolor invisible y sin nombre para el joven héroe. Y los Rasgaris lo dieron por muerto entre las olas de la noche y lo dejaron atrás, sintiendo con ello que se habían desecho de uno que no era uno de ellos.

Por la mañana los guerreros regresaron a la aldea y encontraron el lugar en ruinas, los cuerpos de las mujeres y los niños, todos muertos. En medio de la búsqueda de sobrevivientes, los hombres encontraron a Iris – Zalur, inconsciente en la orilla de la playa. Lo tomaron y lo llevaron hasta el líder, Iran – Zalur, quien ordenó lo despertaran inmediatamente. Una vez despierto, Iris – Zalur fue interrogado por los hombres y él confesó todo lo ocurrido la noche anterior. Iran – Zalur le dijo entonces “dime tu nombre traidor a tu raza, que tus acciones han condenado a los hombres al olvido y por ello tu vida será pago insuficiente”. “Iris – Zalur, hijo de Irinia – Holan y de los seres del bosque, quienes me vieron crecer con miedo siempre en sus corazones, pues es cierto que soy hombre, pero entre ellos amigos yo no tengo”, respondió el joven y su mirada recordó a Iran – Zalur el nombre de su madre. “Entonces justa es tu muerte, pues tu vida quebranta la ley de los hombres y yo soy quien la dicta” responde Iran – Zalur y se prepara para el combate. “Pero ahora levántate y defiéndete, que tomar tu vida en la lucha es la única justicia que conocemos los hombres”, así dijo el señor de la guerra y así quedó establecida la lucha entre padre e hijo.

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