Apoteósis (parte II)

Cruenta fue la batalla entre el padre y el hijo, tan extensa como las estaciones que dan vida y muerte a los colores de la tierra. Y el resto de los guerreros se quedaron a mirar en silencio y se abstuvieron de comer y de dormir, muchos de ellos cayeron desfallecidos, hasta que ninguno estuvo presente para ver el desenlace del conflicto. Y fue el ímpetu de la juventud la que perduró y la fatiga se llevó las fuerzas de los ancestros. Iran – Zalur cayó vencido al cabo de 300 días y ningún hombre lloró por su perdida. Iris – Zalur guardó silencio por diez días junto al cuerpo de su padre y luego dejó el este para vagar por el bosque hacia el oeste, embargado por una mancha oscura que lo encontró en el sueño cada vez que cerró los ojos y que no le permitió descansar.

El guerrero caminó sin detenerse hasta encontrarse tan lejos como ningún hombre había llegado anteriormente y en su camino se encontró con un rio torrentoso y el rugido de las aguas le trajo paz suficiente como para quedarse dormido finalmente. Y fue una casualidad que justo entonces Irinia – Holan iba pasando por la ladera del rio y creyó haber encontrado a Iran – Zalur tendido junto a las aguas. Entonces tuvo ella la idea de tomar la vida de quien le causara tanto sufrimiento, aprovechando que él dormía. Se acercó ella con sigilo hasta estar tan cerca que la verdadera identidad del hombre fue revelada ante ella, se trataba de su hijo. Irinia – Holan despertó a Iris – Zalur y lo saludó como una madre cariñosa recibe a su pequeño retoño. Y el joven conoció el calor maternal por primera vez en su vida y el dolor en su pecho se aplacó. Irinia – Holan lo llevó hasta su casa y lo dejó descansar. Iris – Zalur durmió durante 28 días y cuando despertó sintió que la sombra lo había abandonado. Entonces, Irinia – Holan le preguntó sobre su historia e Iris – Zalur le contó todo lo ocurrido hasta ese momento. En silencio, Irinia – Holan festejó la muerte de Iran – Zalur y el fin de la tribu de los hombres y disfrutó de la compañía de su hijo. Pero resulta que Irinia – Holan tenía un plan para su vida, ella pidió ayuda a Iris -Zalur para recolectar los ingredientes de una pócima mágica que le otorgaría la vida eterna. El ingrediente que faltaba era una pluma del ave fénix que vivía en la cima de Altar – Raziz la imponente montaña que se elevaba por encima de todo en la tierra de Aham – Raz.

Fue entonces que Iris – Zalur emprendió el viaje nuevamente, esta vez hacia la cima de la montaña y el camino fue difícil y muchas veces estuvo él a punto de perder la vida. Muchas veces se preguntó por qué su madre lo había llevado por tan peligrosos parajes, en busca del ave flameante que desafía la muerte. Pero el joven no claudicó y luego de un tiempo logró llegar hasta la cima de la montaña. Iris – Zalur había renunciado a la lucha y no deseaba hacer daño al ave fenix, por lo que eligió conversar con ella. “Poderosa ave de la mañana fulgurante, te pido me concedas una de tus plumas, que sea una de la que no tengas recuerdos que lamentar”, dijo Iris – Zalur y el ave rio de sus palabras porque “extraño es que los hombres pidan con gracia lo que acostumbran a tomar por la fuerza”. Pero Iris – Zalur se avergonzó y guardó silencio, entonces, el corazón del fénix se enterneció y entregó una de sus flameantes plumas al joven, pero también le preguntó “¿por qué buscas una de mis plumas?”. Iris – Zalur respondió que no es él sino su madre quien la desea. Entonces el fénix cambió su semblante y se preocupó, dijo “porque tu corazón es puro te advierto que los hombres no pueden conocer la eternidad sin perderse a ellos mismos y los deseos ciegos conducen a la ruina”. Y el joven agradeció estas palabras y caminó de regreso a la casa de su madre.

Sin embargo, en el camino la mancha oscura lo envolvió nuevamente, como las sombras grotescas que secuestran las formas del mundo en el ocaso. Pero esta vez, Iris – Zalur mantuvo su dolor para sí mismo y entregó la pluma flameante del fénix a Irinia – Holan sin decir nada al respecto. Mientras ella preparaba la pócima de la inmortalidad, Iris – Zalur regresó a la rivera del rio y volvió a sentir paz en su interior, entonces él sintió curiosidad por las aguas imperecederas y su movimiento turbulento pero constante y se preguntó sobre la existencia, siendo el silencio su única respuesta. Entonces, Irinia – Holan terminó su pócima y la dejó reposar. Ella se acercó a su hijo en la rivera del rio y él le preguntó por qué deseaba ella la inmortalidad. Y ella respondió irónicamente “¿no es eso lo que todos buscan?”. Iris – Zalur se quedó un rato más junto al rio recordando las palabras del fénix y temió por su madre, cuyo semblante le pareció ahora uno que guardaba un latente sufrimiento. E Iris – Zalur se preguntó nuevamente sobre la existencia y sintió el llamado de las aguas, se sintió él mismo como las ondas que describen formas hermosas, reflejos de la luz que no perduran y que, sin embargo, siempre han estado ahí. Entonces, la sombra que lo envolvía se le salió del cuerpo y se le apareció en frente. Iris – Zalur tuvo miedo y quiso correr hacia la casa de Irinia – Holan, pero no lo hizo. Y la sombra le dijo que había hecho bien pues “la mujer que ahí habita ya te ha traicionado anteriormente y en esa casa no encontrarás más que dolor”. Iris – Zalur quiso saber más y la sombra tomó la forma de un cuervo. El cuervo voló por los cielos y fue a parar entre las ramas del manzano, donde sus profundos ojos vieron a Irinia – Holan entregar a su hijo a las bestias del bosque, a cambio de su propia vida. El joven secó sus lágrimas y las dejó ir en el viento cálido del atardecer, agradeció a la sombra y se dejó envolver por ella. Al siguiente día, la pócima estuvo lista e Irinia – Holan depositó el contenido de la preparación en dos recipientes de plata, entregó uno a Iris – Zalur en la rivera del rio y tomó el otro para ella. Irinia – Holan pidió que esperaran al medio día y entonces pidió a su hijo que bebieran la pócima al mismo tiempo, pero Iris – Zalur no la bebió. Irinia – Holan si bebió el brebaje y se enfadó al ver que su hijo la rechazaba. Quiso obligarlo a beber de la pócima, pero sus pies no pudieron moverse de su lugar, pues raíces de árboles le salían de los pies y se enterraban en la tierra. Irinia – Holan quiso golpear a su hijo, pero sus brazos ya no se movieron de su posición, ramas largas le salieron de los dedos y los codos. Luego, el torso se le hinchó y se le endureció, antes del atardecer se había convertido en un manzano, pero Iris – Zalur no comió de sus frutos.

Al día siguiente, el joven taló el manzano y, con la madera que consiguió, construyó una pequeña barcaza para navegar el rio. Y así fue que Iris – Zalur dejó la tierra que lo sostuvo toda su vida y se lanzó al torrente inagotable de las aguas. Incontables días pasaron y el joven perduró en su ímpetu que no se quebró y de esta forma pudo mantener la barcaza a salvo de la tempestad, hasta que el torrente fue menguando y finalmente todo se volvió quietud. Una espesa niebla cubrió todas las esquinas de la existencia y el cielo fue uno con las aguas. Entonces, Iris – Zalur se olvidó de sí mismo y se encontró frente al ojo de Aramantia, quien lo reconoció como un reflejo en aguas cristalinas. Entonces, Iris – Zalur dejó la existencia atrás, ingresando a través del ojo del Dios y desapareciendo en el vacío interior. Y una lagrima cayó desde ojo de Aramantia y esa lagrima golpeó las aguas, provocando una nueva tempestad.

Mucho tiempo después, el último de los hombres que quedaba vivo vagaba por las costas del mundo, recordando los tiempos buenos junto a la tribu y quiso dejar una prueba de la existencia de los hombres en la tierra. Este hombre se llamaba Ilain – Ilak y era considerado hermoso entre sus pares, ahora solo en el mundo, deseaba más que nada ser visto por otros. Pero las bestias habían abandonado las tierras del este hace tiempo, cansadas de hacer la guerra a los hombres habían optado por viajar hacia el sur. Así fue como Ilain – Ilak comenzó la construcción de una estatua de piedra, hecha a su imagen y semejanza. El hombre construyó la estatua cerca de las aguas y, sin embargo, le tomó mucho tiempo alcanzar la destreza necesaria para esculpir su propia belleza en la piedra. Y su belleza se fue diluyendo con el transcurso de los años, hasta que estuvo tan viejo que sus manos solo esculpían recuerdos. El último día de su vida, Ilain – Ilak descansaba en la choza y escuchaba el oleaje en la costa, entonces escuchó el canto de las gaviotas y quiso saber de qué se trataba el alboroto. Ilain – Ilak miró hacia la estatua, erguida aún frente al mar, y junto a ella encontró a un hombre mirando hacia el horizonte. Ilain – Ilak quiso levantarse, pero el hombre le habló a la distancia, le pidió que no se levantara, “pues su hora había llegado”. Y fue entonces que Ilain – Ilak reconoció al hombre, se trataba de Iris – Zalur, “el traidor que había llevado a los hombres a la ruina” fue lo que él pensó. Pero Iris – Zalur dijo entonces que “la ruina es compañera del hombre, pues hombre es un estado en que el ser se disfraza y luego aprende a dejar atrás”. Y luego de haber dicho estas palabras, Ilain – Ilak había muerto en su choza, en silencio, pero acompañado por la compasión de todo el universo. Entonces, Iris – Zalur despidió al último hombre y luego golpeó la estatua tres veces y la nombró “deseo”, le dio la orden de guiar los corazones de los nuevos llegados. Y deseo blandió la espada de Aramantia, partiendo el cuerpo de Iris – Zalur por la mitad. Y ambas mitades se transformaron en dos niños, una mujer y un hombre. Y deseo se quedó junto a ellos.

FIN.

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