Un sueño eterno (Parte I)

I

La arena, antes calma, se levanta en medio de la turbulencia, una polvareda que se forma en medio de la carretera y que separa el desierto en dos grandes extensiones de espacio, tan amplio como la mirada puede abarcar. Cortina translucida que sigue los pasos del automóvil que transita el lugar a toda velocidad. A través de la ventana abierta, en el costado del piloto, escapan los estruendos de la música rock, “stay with me, stay with me” es el coro de la canción que acompaña el viaje de Alfonso y las razones por las que viaja por el desierto solitario son las mismas que imprimen velocidad a su movimiento. Situaciones, decisiones, motivos que lo han llevado a prescindir de los recuerdos en la medida de lo posible, a la usanza de pensamientos modernos que intentan escindir a la persona de tiempos distintos al presente continuo. “Stay with me, stay with me”, la canción termina y otra de menor intensidad comienza. El calor sofocante del medio día se funde con la pesadez de la nueva tonada, demasiado melancólica, demasiado “viaje de regreso al pasado” para soportar. Su mirada escapa hacia el desierto, hacia las dunas, todas distintas. Ahí se encuentra con una figura curiosa que le llama la atención, se trata de un pequeño zorro que se yergue entre la arena y observa el paso del automóvil. Alfonso cruza miradas con el animal y al hacerlo, algo despierta en su interior, una idea difusa, pero que no lo dejará nunca más.

– ¿Cómo es posible que un ser tan pequeño pueda sobrevivir en un ambiente tan peligroso como un desierto?

La pregunta lo lleva a hacerle una pequeña reverencia al zorro antes de perderlo de vista por completo. La vista al frente y Alfonso es impulsado hacia adelante con una nueva actitud, las líneas de la carretera aparecen ahora como flechas que indican un camino diferente, sus manos se aferran al volante y la esperanza le llena el corazón. Y entonces pasa, la carretera revela otra figura curiosa, esta vez, a un costado del pavimento. Se trata de una mujer joven cargando una mochila casi tan grande como ella misma. Una mochilera que se ha aventurado al desierto, quizás desde tan lejos como la ciudad. La revelación lo lleva a experimentar una serie de sensaciones de las que ha decidido escapar al salir de la ciudad. Se pregunta por los motivos de la mujer, por la finalidad de su trayectoria, también se pregunta sobre el protocolo a seguir en casos como estos. ¿Será lícito continuar avanzando? Un rápido repaso a la situación lo lleva a intuir que, probablemente, la mujer tenga que caminar un buen trecho antes de encontrar a alguien más que pueda ayudarle, habiendo él viajado por más de cuatro horas sin haber visto a ninguna otra persona. Pero Alfonso no alcanza a tomar ninguna decisión, pues es ella quien levanta la mano y el dedo pulgar, señal internacional de ayúda. Alfonso fija la mirada en el dedo levantado e inmediatamente se siente atado a un contrato tácito entre dos personas, la respuesta racional lo lleva a preguntar.

– ¿Hace cuánto tiempo me he transformado en semejante robot?

No hay respuesta. En medio de la tribulación, Alfonso detiene el automóvil, de forma practicamente automática, al costado de la carretera. Ella se acerca sonriente, avanzando en leve trote hasta llegar junto a la ventana del copiloto y se presenta, su nombre, Amelia. Alfonso se presenta a continuación y ambos se miran por primera vez. En los ojos de ella, él encuentra rastros de esa misma melancolía que lo ha llevado a viajar solo por el desierto, aunque no se atreve a decir nada al respecto. La invita a subir al automóvil, sin embargo, Amelia pide guardar la mochila en el portaequipaje. Una obviedad, se piensa Alfonso a sí mismo y se baja del vehículo para ayudar. Entre ambos logran encontrar la forma correcta de meter el armatoste entre los cachivaches que pululan en el portaequipaje, sonriendo ambos una vez más, en esa forma medio torpe con que las personas que apenas se conocen suelen comportarse. El automóvil parte y Alfonso pregunta por los motivos de ella para caminar sola por el desierto. Amelia ríe de la situación, nombrándola “una situación incómoda”. Luego explica sus motivos con una serie de evasivas y generalizaciones que no entregan mucha información. Alfonso prefiere no ahondar en el tema, seguramente se trata de algo difícil de conversar. Ahora es el turno de ella de hacer la misma pregunta y de él para responder con las mismas generalizaciones y evasivas. Así y todo, han pasado unos treinta minutos desde que ambos se han conocido y ninguno de ellos sabe aún nada del otro, excepto que actúan de igual manera al conocer nuevas personas. Un rato incomodo de silencio los separa un poco más y es entonces que Amelia toma la decisión de hacer una confesión para exorcizar a los demonios que ya se apoderan de la mente de ambos. Dice ella que formaba parte de un grupo de personas con quienes ha separado caminos luego de una discusión. Luego indica no estar segura de que es lo que la ha llevado a viajar por el desierto con esas personas en primer lugar. Quizás se ha dejado llevar, reflexiona, por las intenciones de otros y luego de despertar a la realidad no ha podido llegar a acuerdo con sus acompañantes. Una falla en ella, se critica a sí misma, por la falta de convicción en la vía democrática y al final ha sido esto lo que la ha dejado vagando sola por el desierto.

– ¿La realidad? – Alfonso pregunta.

– Si, la realidad es que todo esto es un sueño. – Responde ella y se larga a reír.

Alfonso se queda en silencio, realmente no logra procesar esta última sentencia.

– Era una broma. – Amelia se encarga de romper el hechizo.

Alfonso se queda pensando por algunos segundos, ¿realmente pensó que todo podría ser un sueño? La vergüenza lo lleva a mover el foco de atención hacia otro lado.

– ¿Qué tipo de discusión lleva a un montón de personas a abandonar a otra persona en medio del desierto?

Amelia reafirma el punto rápidamente, ha sido decisión de ella. Un impulso sin mediar consecuencias, supone él, y se alegra de no ser una persona arrebatada, asume que dicho rasgo de carácter lo pone por encima de ella, pues ¿no es él quien está prestando ayuda a ella y no vice versa? Amelia siente esta fluctuación de poder y decide nivelar las cosas, recuperar esa mística que la envolvía cuando Alfonso no sabía nada de ella. Se decide a reformular la pregunta inicial, habiendo ella respondido anteriormente, asume que Alfonso tendrá la obligación moral de regresar el gesto. Es una pregunta que Alfonso no logra evadir de ninguna manera.

– ¿Qué hace un hombre joven viajando solo por la carretera?

– Prefiero viajar solo, me gusta la soledad.

Mentira, a Alfonso le carga la soledad, pero se ha acostumbrado a ella, impulsado por la desconfianza en el resto de las personas, que le prohíbe hacer cosas como viajar con un grupo de personas por el desierto y atreverse luego a dejarlas botadas, citando con ello su propia convicción de estar en lo correcto, imponiendo, quizás, inocente tiranía antes de caer en justa opresión. ¿Acaso hubiese podido él defenderse ante ellos de igual manera? Un movimiento casi imperceptible de su ojo derecho lo lleva a obsesionarse con la sonrisa maquiavélica de Amelia, ¿la habrá imaginado? Los poderes cambian nuevamente, Amelia se siente a gusto, ha logrado su cometido. Es Alfonso quien tiene problemas ahora, un deseo casi incontrolable de no haberla recogido, de hacer retroceder el tiempo y volver a estar solo, lo embargan. Paradójico, y se da cuenta, desear la soledad, obtenerla y luego aborrecerla. ¿No es esa la historia de su vida? Tribulaciones que lo llevan a presionar con más fuerza el pedal del acelerador y a inspirar profundo junto a la abertura de la ventana, movimientos que Amelia percibe positivamente como irritación. Prefiere ella guardar silencio y correr la mirada hacia la ventana para perderse entre las extrañas formas que la arena dibuja en el viento.

– Son como las emociones – Piensa ella. Dibujos de una realidad que no suele durar.

Y entonces pasa, la carrocería del automóvil se pone a vibrar con fuerza y un chirrido agonizante anuncia el último respiro del motor. La luz roja de advertencia se enciende segundos antes de la catástrofe. El automóvil se desliza sin vida por algunos metros más y termina detenido a un costado de la carretera.

– ¿Será que los pensamientos pueden cambiar el curso del tiempo? Se pregunta Amelia y desea no haber pensado lo último que pensó.

El tono de marcado resuena con intermitencia, Alfonso asume de primera que no le van a contestar, en su mente explorando las peores situaciones posibles a las que tendrá que enfrentarse si la llamada no entra. Amelia espera en silencio, su firme creencia es que este no es momento de alterar más las energías cósmicas que han decidido abandonarlos a ambos en medio del desierto. El artilugio parece funcionar, la llamada conecta y Alfonso explica la presente situación a la persona al otro lado de la línea. Una solución, existe una estación de gasolina algunos kilómetros más adelante, difícil saber cuántos, la persona confiesa, a causa de la falta de señales distintivas entre las dunas, de la falta de puntos geográficos de referencia y de la inexperiencia, tanto de Alfonso como de Amelia, para posicionarse en el planeta sin la ayuda de agentes externos como una brújula o la buena orientación. La siguiente llamada parece más esperanzadora, Alfonso logra comunicarse con la estación de gasolina y le toca repetir la desgracia una vez más, aunque esta vez el relato le sale menos dramático. De todas formas, el mensaje logra el efecto deseado, la mujer al otro lado de la línea indica que ellos pueden acercarse al automóvil. Sin embargo, dependiendo de la posición en que se encuentran, la operación podría tardar algunas horas. Alfonso acepta la propuesta y agradece la preocupación de todos los involucrados, sin esconder con ello la decepción propia de una persona de ciudad, acostumbrado a las soluciones ágiles y a tiempos cortos de espera. Amelia intuye las malas nuevas mirando las expresiones faciales de Alfonso, prefiere no preguntar al respecto. Se concentra en sus labios secos y en el recuerdo de la botella con agua que ha guardado en la mochila pocos minutos antes de encontrarse con él en medio del desierto. Amelia se baja del vehículo y respira profundo, el aire fresco la lleva a aceptar aquello sobre lo que no ha querido preguntar, el rescate tomará tiempo. Habiéndose procurado con la botella, regresa al interior del automóvil, un gran sorbo de agua es suficiente para devolverle la sonrisa y para contagiar a Alfonso con ella. Amelia le ofrece la botella y ambos ríen ante la situación actual, se sienten liberados de una carga invisible que ahora entienden ha sido provocada en gran medida por la reticencia de ambos a decir cualquier cosa. Alfonso se sincera, admite que todo este viaje por el desierto pudo haber sido un error, que él no es una persona impulsiva, pero que realmente necesitaba un respiro de la cotidianidad. Amelia asiente de forma comprensiva, al tiempo que recibe de regreso la botella con agua.

– ¿No es sino por eso que las personas salen de vacaciones?

Ella pregunta y Alfonso asiente, ambos vuelven a sonreír y a exhalar profundo. La conversación fluye de manera ininterrumpida durante buen rato, tiempo durante el cual, una mosca se pone a transitar el espacio interior del automóvil, casi sin ser notada por alguno de ellos. Dicha mosca termina posándose en el borde de la boca de la botella con agua durante tanto rato que, cuando Amelia se da cuenta de su presencia, no puede evitar, casi reflejamente, moverla con su mano, golpeándola tan fuerte que termina derribándola. Una risotada nerviosa la lleva a ocultar la culpa que siente de haber acabado con una vida, cosa que llama la atención de Alfonso. Amelia limpia la boca de la botella y bebe un nuevo sorbo de agua, esta vez no logra tranquilizarse.

– “Vive de tal forma que tus acciones paguen la deuda”.

Alfonso recuerda la cita de alguna película que ha visto, Amelia recoge el cadáver de la mosca y lo guarda en un pedacito de papel. Ambos guardan silencio por respeto al fallecido y luego lo dejan descansar, enterrándolo en las arenas del desierto. Amelia pide a Alfonso decir algunas palabras.

– Mosca, no te conocimos y quiero que sepas que ninguno de nosotros deseaba tu muerte. Es que la vida es tan frágil. Como dijo alguien alguna vez, es la vida un parpadeo y la muerte una eternidad. Creo que estás en mejor lugar.

El viento levanta una fina capa de arena y gana algo de intensidad, ambos deciden regresar al interior del automóvil. Poco rato después, Amelia siente las primeras señales de cansancio, primero un tenue bostezo, luego uno largo. La pesadez del atardecer se posa en sus parpados que caen sin control, Amelia se despide por el momento y se acomoda en el asiento, usando un polerón como almohada logra encontrar una posición cómoda y cierra los ojos, poco tiempo después se queda dormida.

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