Un sueño eterno (Parte II)

II

Las horas pasan y Alfonso queda solo con el paisaje desértico y sus pensamientos. Recostado sobre el costado del automóvil, se fuma uno y otro cigarrillo esperando el anunciado rescate que todavía no se materializa. El sol se pierde en el horizonte, la llama del encendedor arde y enciende la punta del cuarto cigarrillo, Alfonso da una gran bocanada y exhala el humo hacia el viento en un intento por mantener la calma. Se le ocurre mirar hacia el interior del vehículo, Amelia continúa durmiendo. Luego observa hacia ambos lados de la carretera y consigue tan solo mensurar el enorme espacio que lo separa de la civilización, situación que lo tranquiliza. En pocas palabras, Alfonso no quiere regresar a la cotidianidad que ha construido, se siente atrapado en ella, exprimido hasta la última gota de novedad que pudo encontrar en las mismas calles que ha transitado toda su vida, en los mismos espacios vitales, en las mismas personas con quienes ha compartido la vida. Puesto de esta manera ¿será tan malo haber quedado varado en medio de la carretera junto a la única mujer en su vida por la que ha sentido una conexión verdadera? La noche finalmente cae sobre el desierto y el frio obliga a Alfonso a regresar al interior del automóvil. Amelia continúa durmiendo, de seguro estaba muy cansada, luego de caminar, quien sabe por cuánto tiempo, por el desierto. Alfonso se acomoda en su asiento y cierra los ojos, le toma buen rato quedarse dormido, pero lo consigue.

Al día siguiente, Alfonso despierta adolorido del cuello que le ha quedado colgando del asiento gran parte de la noche, piensa que debió usar un polerón como almohada, pero no ha querido copiar a Amelia. Prefiere abrir la puerta y se estira afuera, el viento de la mañana lo recibe fresco, suficiente como para no hacer tanto alboroto al hecho de que las personas de la gasolinera no han aparecido todavía. Alfonso guardaba la esperanza de que aparecieran durante la noche. Nada que hacer y Amelia aún durmiendo en el asiento del copiloto, ¿habrá despertado? No, aún se encuentra en la misma posición en la que estaba durmiendo la noche anterior. Medio día, Alfonso ha dado algunas vueltas alrededor del automóvil, ha caminado hasta el límite de la carretera y el desierto, ha tomado la arena entre sus manos, se le ha escurrido entera, ha recordado al zorro que le influjo fuerzas el día anterior. ¿Y Amelia?, continúa durmiendo en la misma posición. Alfonso se desespera, han pasado por lo menos dieciocho horas desde que se quedó dormida. ¿Le habrá pasado algo? No lo sabe y se toma un buen tiempo antes de atreverse a verificarlo. Se le ocurre moverla de su posición para tratar de despertarla. Quizás se enoje, pero al menos él sabrá que ella está bien. Lo hace, la mueve de un lado a otro con delicadeza, nada. Luego con fuerza, hacia adelante y hacia atrás, dice su nombre, grita su nombre y nada, ella no abre los ojos. El miedo se apodera de Alfonso. Convencido de que algo malo está ocurriendo, toma la botella y vierte lo que queda de agua sobre la cara de Amelia, pero ella no despierta. Sin agua y con su acompañante inconsciente, Alfonso medita con nerviosismo sobre la situación, la cual toma un giro oscuro cuando Alfonso nota que el teléfono ha perdido toda la batería que le quedaba. Imposibilitado de pedir ayuda, todas las líneas de pensamiento lo llevan a la misma conclusión, la única solución es aventurarse al desierto en busca de ayuda. Luego de más de un día de espera, la llegada de ayuda externa le parece una idea ilusoria, quedarse esperando podría significar no solo su propia muerte por falta de agua, sino la muerte de Amelia. Un montón de preguntas imposibles de responder lo mantienen sentado frente al volante un buen rato, se le ocurre golpearlo para desquitarse por la presente situación. Ya habiendo quedado con los brazos adoloridos, se decide abrir la puerta para salir y ponerse a caminar, adelante, el desierto lo recibe imponente y eterno.

III

Un paso tras otro, Alfonso avanza a través de la carretera vacía. Su mente se aferra a la mirada incansable del zorro en medio de las dunas del desierto, a las peripecias de Amelia, quien caminó tantas horas por el desierto. ¿Podrá hacerlo él también? Supone que no le queda otra opción, caminar hasta encontrar ayuda o quizás desfallecer por el calor. Como sea, la situación le divierte, se siente vivo, honesto, entero, con una misión valedera, con un objetivo diferente al monótono discurso de simplemente mantenerse con vida. El sol atraviesa el horizonte y en su movimiento va perdiendo el tono pálido incandescente que no da tregua, pintando ahora el terreno de tonos anaranjados, luego rojizos, perdiendo con ello parte de su intensidad y haciendo el viaje más llevadero. En el ocaso, Alfonso pierde algo de su impulso inicial, son las piernas cansadas, la frente afiebrada, la garganta seca que no le permiten moverse con la misma facilidad. Al mismo tiempo, no puede dejar de caminar, no quiere hacerlo, supone que de hacerlo no volverá a moverse en un buen tiempo. La noche casi cae por completo cuando una nueva visión lo deja perplejo por tercera vez. Milagro, un bidón de gasolina dispuesto en la berma. ¿Un espejismo? No, realmente está ahí. Alfonso camina el trecho que lo separa de esta maravillosa visión y encuentra en efecto el bidón, al tomarlo nota que está lleno casi por completo, suficiente para dar nueva vida al automóvil, para llevar a Amelia a un hospital. Sin embargo, no bien Alfonso toma el bidón en sus manos, una figura oculta entre las dunas y la arena se lanza sobre él y lo derriba. Se trata de un viejo harapiento y completamente desnudo, de largos cabellos grises inmundos y barba pronunciada del mismo color. Desde el suelo, Alfonso nota que los ojos del viejo brillan tan intenso como las estrellas que se apoderan del cielo, la visión lo lleva a descartar asumir una postura hostil. Y con esos ojos brillantes, el viejo no deja de observar, casi sin pestañear, a Alfonso tirado en la arena, mientras recoge el bidón con gasolina del suelo. Alfonso se levanta del piso y se limpia las ropas con sus manos. Le cuenta al viejo sobre el automóvil varado en medio del desierto y de la mujer a la que ha tenido que dejar atrás para encontrar alguna solución al dilema.  Sin embargo, luego de terminado el relato, el viejo no cambia su actitud, el bidón le pertenece y no tiene intenciones de compartirlo. Alfonso acepta reticente y se sienta al borde de la carretera a descansar, realmente ha estado caminando por más de cuatro horas y la noche ha caído sobre el desierto, seguir avanzando en estas condiciones no parece una buena idea. Mientras Alfonso se pierde en sus pensamientos, el viejo junta unas ramas y con algo de gasolina se dispone a encender una fogata, para entonces caer en cuenta de que no tiene forma de hacer fuego. Alfonso se acerca entonces y enciende las ramas con el encendedor, objeto que causa mucha curiosidad al viejo. Las llamas crecen con el viento y la fogata toma forma rápidamente. Alfonso y el viejo se sientan junto al fuego y se quedan mirando en silencio, ambos con la misma mirada perdida entre las crestas rojizas y las pequeñas chispas incandescentes que escapan del interior del fuego. Alfonso no ha olvidado el bidón de gasolina, todavía mantiene alguna esperanza de arrebatárselo al anciano. Se sorprende a sí mismo por estos maquiavélicos pensamientos, supone que provienen de las desesperadas circunstancias en las que se encuentra. Decide indagar sobre los motivos del viejo, le pregunta que hace en medio del desierto en medio de la noche, el viejo se rasca la barbilla y se queda un rato pensando, parece no recordar lo que está haciendo. Luego de un montón de rato responde que anda buscando a una mujer que se le perdió hace mucho tiempo. Alfonso no sabe si el viejo le está tomando el pelo, decide pedir más detalles. El viejo dice que es todo lo que sabe, eso y que por ningún motivo debe soltar el bidón de gasolina que lleva consigo, pues es necesario para rescatar a la mujer. Alfonso responde, y se asume perspicaz por ello, que el viejo lo ha soltado cuando Alfonso lo ha encontrado, a un costado de la carretera. El viejo se larga a reír por largo rato. Irritado, Alfonso prefiere guardar silencio. Luego, el viejo se levanta y de un costado de las arenas toma una túnica roja, algo tiene envuelto en su interior. El viejo revela el contenido oculto en el interior, se trata de una serpiente muerta, la que presenta a Alfonso, sin ocultar su orgullo de cazador por haberla conseguido. Alfonso no oculta el asco que le produce el descubrimiento, el viejo agarra la serpiente por la cabeza, la descuera ahí mismo y la entierra en una vara, la cual asoma hacia las llamas. El viejo cubre su cuerpo con la túnica roja y poco rato después, la serpiente está cocinada, la retira del fuego y muerde un pedazo, su cara dibuja una amplia sonrisa. ¿Será que no ha comido en días? Se pregunta Alfonso mientras recibe el pedazo de serpiente que el viejo le ofrece. Ambos comen en silencio, Alfonso no dice nada, pero el sabor de la serpiente le ha parecido menos terrible de lo que esperaba. Se le ocurre decir una broma.

– Parece que le falta un poco de sal.

El viejo no logra entender, ¿será que no sabe lo que la sal es? Un rato después, las llamas pierden intensidad, los ojos del viejo se cierran y al poco rato se queda dormido. Alfonso se acomoda en la arena para descansar, pero no logra conciliar el sueño. Pasa otro rato, las llamas arden agonizantes y Alfonso abre los ojos, frente a él, el bidón y el viejo durmiendo, una oportunidad única para hacerse con la gasolina y regresar con Amelia. Se levanta del piso con cuidado y da pasos furtivos, precisos, para evadir el ruido excesivo. Logra llegar tan cerca del viejo que logra escuchar su respiración. Alfonso estira las manos para tomar el bidón y casi lo logra, pero el viejo despierta exaltado, agarra el bidón con fuerza, empujándolo hacia su vientre. Alfonso tira una vez más pero no logra arrebatárselo. El viejo se levanta e intenta escapar corriendo, pero Alfonso no suelta y, sin quererlo, termina empujando al viejo y al bidón hacia la fogata. El bidón cae primero y luego el viejo, Alfonso no logra reaccionar, su intención es ayudar, pero la explosión lo manda volando por los aires, junto a una gran llamarada que se levanta por los aires, encendiendo la noche oscura como el aliento de un dragón, la columna de fuego se levanta en medio de la oscuridad. Los gritos del viejo, envuelto en llamas, retienen a Alfonso en el límite de la conciencia, completamente desorientado, se esfuerza por mantenerse despierto, hasta que los gritos cesan y solo las llamas quedan. Confundido, Alfonso trata de pararse un par de veces, pero no lo consigue, no hasta que otras manos lo toman y lo levantan, para llevarlo hasta la parte trasera de una camioneta, donde lo depositan con cuidado. Las puertas de la camioneta se cierran y la misma parte. Alfonso escucha la voz de dos personas conversando. Estas personas, siluetas difusas en la oscuridad de la cabina, le preguntan cosas que no logra entender ni contestar. Cansado, se deja llevar por la noche y se queda dormido completamente.

IV

Las líneas vaporosas de los espejismos, que se juntan en el horizonte de la carretera al mediodía, forman el cuerpo de Alfonso, que se hace carne, se hace vivo y regresa al automóvil en medio del desierto. Caminando recuerda el peso del mediodía y un montón de zorros se asoman entre las dunas y lo reciben en su retorno. Esto le llena de alegría, se toma el tiempo de reverenciar a cada uno de ellos y desearles un camino próspero. Sonriente, se acerca al automóvil y a Amelia, pronto volverá a verla. Un súbito impulso lo lleva a correr el último trecho y, sin embargo, al llegar no la encuentra. Asustado, se asoma por la ventana para mirar hacia el interior del vehículo, lo que encuentra ahí adentro le presiona el corazón y lo lleva a retroceder. Ahí está ella, pero no es ella, sino su cuerpo como desinflado, como su piel y su ropa sin músculos ni esqueleto que los sostenga, arrugado y amontonado en el asiento. La visión es como una tela que se repliega pero que sus tonalidades aún recuerdan lo que fue ella. Y entonces, desde el interior, desde la oscuridad que se desborda en la rasgadura en medio de ella, emerge una rosa roja que se levanta y los tallos que la acompañan se toman el espacio interior del automóvil entero, hasta quebrar los vidrios y hacerlo retroceder con sangre en sus manos.

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