Un sueño eterno (Parte III)

V

La impresión despierta a Alfonso, ¿qué ha sido eso? ¿un sueño? El lugar no le resulta familiar, los estantes con golosinas, la luz parpadeante en el cielo manchado de humedad y el sonido vibrante de los refrigeradores en el costado, el olor a gasolina en el ambiente le da una pista más o menos convincente de donde se encuentra y quien lo ha rescatado durante la noche. La campana suena con la apertura de la puerta y una mujer ingresa a la tienda. Alfonso se levanta para sentarse en el sofá rojo viejo, con algunas mordeduras en las esquinas que revelan las tablas que le dan forma. La mujer se presenta como Paloma, le informa que gracias a la gran explosión en medio de la noche han podido encontrarle en el desierto, que ha tenido suerte por eso. Exaltado, Alfonso pregunta por el viejo, Paloma dice no haber visto a ninguna otra persona, pero indica que el lugar estaba muy oscuro y repite que ha sido una suerte que lo hayan encontrado a él siquiera. Ella recuerda haberse encontrado con un viejo extraño hace algún tiempo, quizas se trate de la misma persona. Pero Alfonso no está conforme con la respuesta, insiste en el viejo, explica que es posible que esté gravemente herido, que necesitan ir a buscarlo inmediatamente. Una segunda voz lo interrumpe y pregunta.

– ¿Cuánto tiempo crees que ha pasado desde que te encontramos?

Se trata de un tipo de barba canosa y gorro de camionero, se presenta como Pedro, un hombre fornido pero abatido por el paso del tiempo. Alfonso no tiene forma de responder correctamente la pregunta, quiere decir “algunas horas” pero la pesadez en la cabeza le indica otra cosa.

– Haz estado durmiendo un mes entero.

 Sentencia Pedro y Alfonso se levanta completamente del sofá.

– ¿Qué ha pasado con Amelia?

Pregunta sin respuesta, la mujer se acerca e intenta tranquilizarlo, le explica que no han encontrado a nadie más en el desierto, que es un lugar muy vasto y a veces las personas simplemente desaparecen. Confundido, Alfonso no puede creer las palabras que acaba de escuchar, ¿Cómo es posible que no hayan podido encontrar su automóvil?

– Este desierto es especial.

Responde Pedro una vez más, con esa forma críptica que ya comienza a irritar a Alfonso.

– Las arenas se levantan y a veces forman figuras que parecen reales, pero luego de un tiempo el viento se las lleva y ya no existen nunca más.

Palabras que confunden aún más a Alfonso.

– ¿Estás diciendo que aluciné todo? ¿Qué Amelia no existe? ¿Y el viejo?

Pedro no tiene respuestas, la mujer menos. El suelo y el cielo giran alrededor de Alfonso, la confusión y el mareo lo llevan a correr hacia la puerta de salida. El sonido de la pequeña campana de la puerta resuena y se funde con las arcadas que Alfonso da afuera del quickstop, lo poco que tiene en el estómago sale expulsado por su boca y termina derramado en el piso, donde la arena, que se mueve en el viento, forma figuras circulares. Alfonso se queda mirando el movimiento, en su mente, la idea de la ilusión comienza a ganar fuerzas. Por lo menos le quita la responsabilidad sobre la vida de dos personas. Pero, ¿realmente está considerando creer que todo ha sido una ilusión? Pedro sale por la puerta y se acerca a Alfonso, le ofrece una servilleta para limpiarse la boca. Alfonso recibe la servilleta y se limpia sin levantarse aún.

– Vas a estar bien, te lo aseguro.

– ¿Estar bien? Estamos hablando de la vida de dos personas.

Alfonso responde sin esconder su irritación.

– Dos personas que tal vez sean una ilusión.

Pedro vuelve a la carga con su teoría de las ilusiones en la arena.

– Yo te entiendo, créeme. A mí me pasó algo similar, también perdí a una persona.

Alfonso se levanta medio aliviado por el hecho de que otra persona comparte la odisea. El rostro de Amelia se le queda dibujado en la memoria, imposible creer que todo ha sido poco más que un sueño.

– Pero tranquilo, todavía hay algo que podemos hacer.

– ¿A qué te refieres?

– Bueno, yo salvé tu vida y tú ahora puedes ayudarme con algo que nos va a beneficiar a ambos.

Alfonso todavía no puede creer que no hayan podido encontrar a Amelia, ¿y su automóvil? ¿Qué pasó con eso? Pedro indica que los detalles nunca han ayudado a nadie a cambiar la realidad de las cosas, pero que Alfonso no necesita desesperarse, pues aún queda esperanza.

– Se trata de los habitantes del desierto, es una tribu que, según la leyenda, tiene una conexión especial con los principios creadores de este universo, ellos saben sobre el desierto y las ilusiones, ellos pueden ayudar a ambos.

Pedro explica todo el embrollo y luego se larga a contar la triste historia acerca de la desaparición de su hermano menor, también “tragado o imaginado” por el desierto. ¿Lo habrá alucinado? No lo sabe, con el paso del tiempo ya no puede recordar siquiera si realmente tuvo un hermano toda su vida. Pero lo que mantiene en su corazón es el recuerdo y el afecto por él, y es eso lo que lo impulsa a seguir buscando. Y Alfonso escucha las palabras de Pedro con incredulidad, la realidad ahora le parece tan diferente a como lo era cuando inició el viaje que ahora lo tiene completamente confundido en las afueras de una estación de gasolina, quien sabe dónde.

– ¿Qué dices? ¿me acompañas?

Pedro pregunta una vez más y Alfonso acepta, con la esperanza de encontrar, en algún punto del confuso camino que parece cernirse frente a sus pies, alguna respuesta que tenga sentido.

VI

Temprano, al siguiente día, Alfonso y Pedro se internan en el desierto, ambos atraviesan las arenas en silencio, caminan hasta encontrarse rodeados completamente por montículos dorados que reflejan intensos rayos de sol, indistinguibles el uno del otro. La caminata continua y Alfonso regresa a esa sensación de plenitud que le recuerda el momento en que decidió ponerse a caminar por la carretera, punto de partida de su actual odisea. Los primeros pasos que dio, alejándose del automóvil y de la mujer que, dormida, él espera, aún pueda volver a ver, por muy ilusorio que parezca regresar a ella y con ello guardando aún la esperanza de que siga con vida. Pasos pesados en la arena, el cansancio lo alcanza más rápido esta vez. Adelante, Pedro avanza apresurado, seguro de sí mismo, del camino, que para Alfonso es tan difuso como la arena misma. Y entonces ocurre, primero un leve soplido que levanta suave brisa que mueve la superficie del desierto, luego crece como una respiración que se hace cada vez más agitada, hasta levantar una pared entera de arena que se mueve con rapidez y envuelve a Pedro y a Alfonso, haciendo imposible distinguir el cielo de la tierra.

– ¿Será todo arena?

Alfonso intenta seguir el paso de Pedro, pero la pared de arena que se yergue entre ambos apenas le permite distinguirlo de todo lo demás.

– ¡Alfonso, sigamos adelante!

¿Hacia adelante, hacía adonde? Alfonso no sabe. Truenos retumban en el suelo alrededor de ambos, espantos que recorren las arenas levantadas y se apoderan de los costados de todos los horizontes, invisibles entre tanta arena. Alfonso grita a Pedro, le pregunta por el origen de los estruendos, ¿acaso importa? Pedro voltea y sonríe.

– ¡Estamos cerca!

¿Cerca de qué? Alfonso ha perdido toda confianza en la empresa, responde a Pedro con todas sus fuerzas, pero las palabras se esfuman en el viento. Un nuevo estruendo se revela ahora como un grito agudo y un poco más allá, una figura se levanta sobre la duna más alta en el horizonte cercano, casi indistinguible entre tanta arena. Al acercarse, ambos pueden ver que se trata de un hombre desnudo, con los brazos en alto y el rostro de enfado, sus palabras, inentendibles para Alfonso, parecen maldecir al desierto. Las arenas le siguen el movimiento, hacia la izquierda, hacia la derecha, sus gritos provocan la colera de los vientos. Pedro indica a Alfonso que el tipo parado en la duna es su hermano menor, que es tiempo de capturarlo, de detenerlo antes de que el desierto les impida hacerlo. Alfonso sigue a Pedro hasta la duna, pero el hermano los ve acercarse y se pone a correr, gritando con mayor fuerza, levantando nuevas tempestades que hacen imposible seguirle el rastro. Pedro grita el nombre de su hermano una y otra vez.

– ¡Gustavo!

Alfonso se orienta siguiendo el sonido de la voz de Pedro, sus ojos ya no alcanzan a ver nada más que arena revoloteando agresiva entre las columnas de viento que lo empujan en todas direcciones. Entonces, un sonido agudo y un soplido agresivo pasan furibundos por el costado izquierdo de Alfonso, rozándole la oreja descubierta. Una línea veloz que forma un tubo entre las arenas, una abertura que señala el camino del objeto que se incrusta con violencia en el centro de la espalda de Gustavo, hermano de Pedro, quien cae muerto en medio de la tormenta del desierto. Pedro llega hasta el cuerpo de su hermano pocos segundos después, demasiado tarde. Lo toma entre sus brazos y solloza, intenta, sin éxito, separarlo de la flecha que le ha quitado la vida. Alfonso gira rastreando la dirección de la flecha, sus ojos se posan en un grupo de individuos parados a unos cincuenta metros de distancia. Personas que lo miran con rostros inexpresivos y cuerpos desnudos, excepto por los colores que llevan en la piel, rojo algunos, azul los otros.

– Son los dueños del desierto.

Pedro indica a Alfonso y lo insta a arrodillarse en silencio. Por la expresión en la cara del hombre, Alfonso entiende que ambos se encuentran en peligro extremo. El miedo lo lleva a tartamudear alguna respuesta incoherente. Pedro cae de rodillas al suelo, las lágrimas que brotan de sus ojos se pierden en la arena, le toca lamentar a su hermano en silencio. Alfonso le sigue el movimiento, tembloroso, logra arrodillarse y baja la cabeza. El grupo de hombres desnudos rodean a Alfonso y Pedro, entre ellos conversan en una lengua que Alfonso no logra entender. Uno de ellos toma por el pelo a Alfonso y lo levanta para inspeccionarlo. Alfonso evita mirarlo a los ojos, logra contar a cinco de ellos en una mirada rápida hacia los lados. Los hombres atan de manos y pies a Alfonso y a Pedro, mientras otro de ellos se acerca al cuerpo de Gustavo y, empuñando un cuchillo tallado en piedra, se pone a rebanarlo en varios pedazos. La sangre que brota del cuerpo de Gustavo mancha las arenas de rojo carmesí, los hombres se lavan el cuerpo con la sangre del muerto, llevando las miradas hacia arriba, ellos cantan hasta que la violencia del viento se detiene. El camino se despeja, el cielo aparece nuevamente. Alfonso, obnubilado con el devenir de los acontecimientos, no logra mover sus músculos, entumecidos, asume con razones suficientes que cualquier movimiento sospechoso podría terminar en su muerte. Los hombres cubren los ojos de Alfonso y de Pedro con lienzos cortados de la piel desgarrada de Gustavo, luego parten de regreso a su aldea, arrastrando a los prisioneros a través de la arena hirviente de la tarde, amarrados ambos a cuerdas que dos de ellos llevan a cuestas.

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