Un sueño eterno (Parte IV)

VII

El viaje toma unas ocho horas, tiempo suficiente para que Alfonso se pierda incontables veces en pensamientos recurrentes, recuerdos de días pasados en que la existencia le pareció tan superflua, tan innecesaria. Y ahora el terror que se ha apoderado de su cuerpo lo mantiene en la esperanza de seguir viviendo, a pesar de todos los peligros que le esperan, de seguro, al final de este nuevo viaje a traves del desierto. Viaje que termina abruptamente, le quitan la capucha y la noche le cae encima, flamas en antorchas iluminan intermitentemente el espacio entre él y Pedro, al otro lado del circulo, dibujado con piedras, que separa el espacio entre ellos y el montón de personas que miran ansiosos a los costados del improvisado cuadrilátero. Mujeres, ancianos y niños esperan el comienzo de las festividades alzando las voces a las estrellas, canticos enérgicos en la misma lengua indescifrable. Un hombre camina entre la mulltitud, ellos le abren el paso, esta actitud del público hace pensar a Alfnoso que este hombre ha de ser especial entre ellos. Trae consigo dos largos huesos, fémures humanos, Alfonso supone. La verdad es que, habiendo presenciado el descuartizamiento del hermano de Pedro anteriormente, la situación no lo impacta sobremanera. El hombre entierra un hueso en la arena, cerca de Alfonso, otro cerca de Pedro. Luego, el hombre se acerca al centro del circulo y se presenta ante el resto de las personas, hace una reverencia y se dirige a Alfonso y a Pedro en español perfecto, señala reglas claras y simples para la festividad, ambos tienen que luchar, solo uno sobrevivirá, la batalla no termina hasta que uno de ellos caiga muerto.

– Dime, ¿qué es lo que deseas?

Una pregunta nace en la mente de Alfonso, palabras que el viento no trae consigo y que ninguna persona ha pronunciado.

– ¿Quieres verla?

La voz regresa, cosquilleo lleva a Alfonso a levantar la mirada, por encima de Pedro, hacia más atrás de las personas que gritan efusivas detrás de él. Apenas visible en la oscuridad, una mujer extremadamente flaca, sus largos cabellos negros cubren su sexo y sus pechos, sus brazos tan delgados como ramas, sus costillas marcadas, enterradas. Ella está sentada sobre una estructura que Alfonso no logra descifrar. Los ojos felinos de ella se fijan en Alfonso. Pestañea…

– Dime, ¿qué es lo que deseas? Dame la vida de ese hombre y lo tendrás.

Alfonso no puede pensar sino en Amelia, en el automóvil en medio de la carretera. Sea que las horas que pasaron juntos hayan ocurrido realmente o haya sido todo una ilusión, es todo lo que él puede desear. La mujer sonríe y una brisa cálida levanta las cenizas de la antorcha hacia las estrellas. El tiempo retrocede, el sol surca el cielo de adelante y hacia atrás, las estrellas recuperan la intensidad perdida en el movimiento y los días regresan hasta el automóvil y la mujer durmiendo en el interior.

– La vida es una decisión.

Parado afuera del automóvil, Alfonso se prepara para partir en busca de ayuda, Amelia duerme en el interior. Alfonso quiere dar la vuelta, retroceder, volver a entrar en el vehículo y verla una vez más, estira sus brazos y casi logra tocar la ventana, pero casi es un espacio eterno que se erige entre ellos.

– ¿Qué dices?

La voz lo trae de vuelta a la noche oscura, a las antorchas ardientes, a los gritos extasiados de los espectadores y a Pedro, quien se levanta de prisa, toma el largo hueso, enterrado en la arena, con sus manos y se lanza contra Alfonso. Salvaje, liberado, seguramente le han ofrecido un trato similar. Alfonso deja los pensamientos de lado y se gira hacia el costado para evadir el primer ataque.

– Espera! No tenemos que hacer esto.

Inútil, Pedro no escucha las palabras de Alfonso, toma el hueso con más fuerza y ataca por segunda vez, Alfonso no logra evadir completamente el golpe, termina recibiéndolo en el brazo izquierdo, cae aparatosamente al suelo. Alfonso respira agitado, el dolor en el brazo le impide moverse o pensar con claridad, ha perdido de vista a Pedro, sus ojos se posan por unos segundos en la mujer, que aún lo está mirando.

– Toma lo que deseas.

La voz sentencia, las arenas se levantan, la música ahoga, el sol abraza, Amelia duerme, la mosca muere, los pies duelen, el viejo se incendia. Alfonso recibe el siguiente golpe directo en el estómago, vuela por los aires y cae en la arena por segunda vez. Pedro balancea el hueso entre sus manos, se siente victorioso, pide disculpas, recuerda a su hermano, existe una forma de regresarlo a la vida.

– ¡Ahora!

La voz regresa y un grito de guerra surge desde el interior, desde las entrañas de Alfonso, como un aullido intenso que se funde con la luna y las estrellas. El rugido lo lleva a levantarse con nuevas fuerzas, olvidado del dolor deja todos sus pensamientos atrás y se entrega a la batalla.  Un giro apresurado lo lleva a evadir un nuevo ataque de Pedro y a ponerse enfrente del hueso en el suelo. Un cuarto golpe desde la derecha, el hueso en la mano y Alfonso logra bloquear el ataque de Pedro, aunque la fuerza del impacto lo devuelve al suelo. Un esfuerzo supremo, impulsado por la respiración furibunda, lo lleva a mantener la mirada atenta en los movimientos de su adversario, Alfonso se siente liviano, preparado, de un salto se levanta, empuña el hueso y se lanza al ataque antes de que Pedro pueda reaccionar. El primer embiste no tiene la suficiente energía para hacer daño, después de todo, el cuerpo de Pedro es más fornido que el de Alfonso. Sin embargo, el choque de fuerzas tiene una consecuencia inesperada, ahora Pedro siente que tiene la batalla ganada. Esto lo lleva a embestir a Alfonso con todo el peso del cuerpo, confiado, lanzándolo nuevamente al suelo, un paso más adelante y Pedro levanta el hueso en el aire con intención de golpear a Alfonso directamente en la cabeza y terminar con la batalla. El hueso cae con fuerza en la arena, sin embargo, Alfonso logra moverse rápido para patear con fuerza la rodilla derecha de Pedro, haciéndolo caer al suelo. Pedro revolotea en el suelo gritando de dolor. Un salto ágil lleva a Alfonso a levantarse una vez más, frente a él, una presa herida espera. Pedro se arrastra en el suelo, retrocede sin soltar el hueso, aún firme en sus manos. Alfonso nota esto, sabe que Pedro no se ha dado por vencido, probablemente ahora sea más peligroso que antes.

– Pero, ¿Qué es lo que estoy haciendo? ¿Realmente nos estamos matando en duelo?

La vacilación lleva a Alfonso a detenerse, confundido, observa al público expectante, extasiados todos en el candor de la batalla y la promesa de sangre. Tiempo suficiente para que Pedro balancee el hueso entre sus manos con fuerza y logre lanzarlo por los aires, impactando a Alfonso en plena frente. La sangre brota profusamente desde la herida, Alfonso cae al piso con la mirada perdida, al golpear el suelo pierde la conciencia. Cuando despierta, Pedro ya casi se levanta por completo. La sangre que brota desde su frente se le mete en la cuenca de los ojos, le nubla la visión, el sabor a oxido que siente en la boca le hace presentir que también se ha roto un labio, o quizás esté tragando la misma sangre que le impide ver. No lo sabe y Pedro aprovecha el momento para recoger nuevamente el hueso. Se tambalea, pero logra hacerlo, renguea acercándose a Alfonso, apretando el hueso en su mano, respirando aliviado.

– Lo siento chico, se lo debo a mi hermano.

Exhala… el aire escapa del pecho de Alfonso y se pierde en el frio de la noche. Los espectadores ahora gritan enardecidos, expectantes del desenlace, el clímax se acerca. Alfonso se prepara para morir, no se siente derrotado ni perdido, solo cansado. Se pregunta por las causas de esta tragedia, no lo sabe y, sin embargo, otra vez, sus manos parecen casi tocar la ventana empañada, para despertar a Amelia, la bella que duerme en el interior del automóvil perdido en medio del desierto.

– Me hubiese gustado volver a verla.

El último deseo.

– ¿Por qué quieres verla? – la voz regresa.

– No lo sé… solo sé que quiero verla.

Alfonso responde sin siquiera intentar disimular la confusión que lo ha acompañado toda su vida.

– Ya sabes lo que tienes que hacer – la voz termina.

Esperanza, los ojos de Alfonso se abren con fuerza, sus músculos se tensan, nuevas fuerzas lo llevan a girar con rapidez, a esquivar el golpe de muerte que Pedro lanza sin vacilación. El hueso impacta en el suelo y dibuja un cráter en la arena. Alfonso se levanta ágil y sus brazos batean con fuerza, un movimiento casi reflejo a una velocidad que sorprende a Alfonso mismo. El hueso casi quema el aire y un silbido grave se escucha, veloz y fugaz. Los dientes de Pedro vuelan, la sangre los acompaña en su viaje hacia el vacío. El hueso en las manos de Alfonso se triza, se parte en dos al impactar el cráneo de su adversario. Un golpe es suficiente para derribarlo, Alfonso suelta el hueso y su cuerpo pierde toda la fuerza, casi cae al suelo nuevamente, pero logra mantenerse en pie. Tirado en la arena, el cuerpo de Pedro tiembla de forma refleja durante minutos antes de detenerse por completo, la batalla ha terminado.

                                                                                          VIII

Los espectadores se retiran tranquilos, pocas palabras se escuchan mientras abandonan el círculo de piedras. Alfonso se queda parado en medio del lugar, su pecho se hincha con fuerza en cada inhalación, sus ojos completamente dilatados no pierden movimiento alguno a su alrededro, tarda un tiempo en regresar a la normalidad. La retirada de las personas revela el objeto rectangular, sobre el cual, sentada encima, está la mujer de largos cabellos negros. El objeto es un espejo tan claro como aguas cristalinas. Por el ángulo en que se encuentra dispuesto, refleja el brillo de las estrellas, ahora más visibles luego de que las antorchas se apagan. Al acercarse, Alfonso logra ver su cara ensangrentada, reflejada en la superficie del espejo y se asombra por la claridad con que puede verse a sí mismo. La mujer sobre el espejo sonríe, luego indica a otros que acerquen el cuerpo del recién fallecido hacia ella. Dos hombres toman a Pedro y lo arrastran hasta una cesta dispuesta justo debajo del espejo. La mujer de cabellos oscuros da algunas instrucciones, los hombres depositan la cabeza de Pedro en la cesta, el resto del cuerpo en la arena. Uno de los hombres toma el hueso de las manos de Alfonso, se acerca al espejo, la mujer grita y el hueso cae con fuerza, aplastando el cráneo de Pedro. Una y otra vez, los golpes retumban en el piso, Alfonso se queda mirando en silencio, la situación lo estremece, pero siente que ya no tiene fuerzas para responder de manera alguna. La sangre y los pedazos de cráneo se esparcen en la superficie del espejo, otros caen en la arena y se pierden de vista. La mujer baja desde el marco del espejo y, en el suelo, esparce la sangre con sus manos, hasta cubrir completamente la superficie del espejo. Luego, levanta los brazos hacia el cielo, toma algo, una cuerda invisible que la une a las estrellas. Ella ocupa la cuerda para atar a Alfonso, circulando a su alrededor, susurrando palabras que no logran escucharse. La mujer regresa a un lado del espejo y lanza el otro extremo de la cuerda en el interior del reflejo, con movimientos que a Alfonso le recuerdan las tonterías de los mimos en la plaza de la ciudad. Pero la burla se desvanece cuando Alfonso siente como la cuerda se tensa y su cuerpo es impulsado hacia adelante, hacia la sangre, hacia la oscuridad y la luz de las estrellas reflejadas en el espejo. Alfonso no puede mover los brazos, realmente está atado a una cuerda que no logra ver. En vano intenta retroceder, sus pies se entierran en la arena, pero no puede evitar deslizarse.

– Ahora puedes verla, ¿puedes? ¿quieres? – la voz se mete en la mente de Alfonso.

– ¡Si, quiero, puedo!

– No lo olvides nunca, ¡recuerda!

Alfonso toma una decisión y cierra los ojos, otra batalla ha terminado para él, ya no luchará contra la fuerza que lo impulsa a avanzar. Un relámpago golpea el marco del espejo, al mismo tiempo que Alfonso atraviesa el vidrio con todo su cuerpo y lo triza por completo. El vacío y las estrellas se quiebran y, desde las aberturas, una luz intensa recibe lo recibe, tan fuerte y cálida que el contorno de su cuerpo desaparece, se esfuma, se extingue y durante miles de millones de años existe solo la calma, la quietud infinita, llena de felicidad indescifrable, alimentada por una existencia completa. Sin embargo, con el paso del tiempo surge un recuerdo, como una mancha en la superficie de toda la creación, una abertura por donde las energías escapan y brotan alterando la consistencia de la superficie luminosa, la intensidad retrocede y una explosión lleva al todo a separarse, a través del espacio vacío que lo cobija. Alfonso vuelve a ser sí mismo, se reconoce como persona finita, como piernas, como brazos, como sus manos que intentan aferrarse a las luces que se le escapan como arena entre los dedos. Galaxias enteras luchan por mantenerse unidas, pero la repulsión es muy fuerte, llantos se pierden en el movimiento, despedidas que duran eones, como gotas de lluvia dibujando la estela del nacimiento, preparándose para seguir adelante, se van más adentro, más hacia la profundidad. Soles arden y dan vida a los planetas, pasan por el costado de Alfonso, se encienden con fuerza y giran sin parar, hasta perderlo todo, hasta desaparecer y, con ellos, millares de vidas se pierden una vez más. Hasta que todo el horizonte de sucesos se despide de la luz entera y abraza el manto oscuro. El vacío es lo único que queda y Alfonso se mantiene él mismo, se recuerda, se aferra a sus memorias, a lo que queda de él, el frio le congela los pulmones, su respiración cesa, una nueva calma empieza. Millones de años vuelven a pasar, ¿Cuándo habrá de terminar? La voz regresa a la mente congelada de Alfonso, lo despierta y su corazón late una vez más.

– Regresa.

El tiempo, antes detenido, ahora retrocede, liviana y parpadeante, tímida en la línea del horizonte, con el tiempo gana fuerza y la luz regresa, los soles arden con fuerza y las galaxias se reencuentran. Alfonso es arrastrado una vez más al centro de toda la verdad, a la luz incontenible, innegable, imperecedera, que lo abraza y lo impulsa hacia abajo, una caída tan extensa como el espacio entre las estrellas. Alfonso se deja llevar, suelta un grito desde las entrañas para dejar a un lado el nerviosismo, la excitación, para renacer. Y cuando la luz colapsa, sus ojos apenas y pueden soportar el brillo de la mañana, pero se adapta rapido, posando la mirada en el cartel frente a él, es el nombre de una gasolinería y la lista de precios para combustibles. Una sensación de familiaridad lo embarga, el viento mueve la arena dispersa en el concreto, le recuerda que ya ha estado ahí, pero, ¿ha estado ahí?

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