Un sueño eterno (Final)

IX

Alfonso se detiene junto a la puerta del quickstop, donde encuentra el reflejo de su rostro en el vidrio de la puerta, su cabello largo y blanco gris, su barba pronunciada y larga, chamuscada.

– ¿Quién soy?

La pregunta no tiene respuesta. La piel dorada, agrietada, los labios secos, características que no se corresponden con ningún atisbo de unidad en el interior de quien observa.

– Labios secos…

La sentencia le recuerda algo que no logra recordar, una nostalgia sin rostro y una angustia sin nombre. Decide ingresar a la tienda sin responder la pregunta, camina entre los pasillos llenos de golosinas, colores vibrantes que lo llenan de nostalgia. Caminando por el pasillo de al fondo, Alfonso se encuentra de frente con la fila de refrigeradores, se queda mirando una botella con agua mineral, la forma de la botella le recuerda algo que no logra concretar, un recuerdo difuso que lo lleva a abrir la puerta del refrigerador y tomar la botella entre sus manos, el frio lo relaja, lo lleva a inspirar profundo. La mujer en la caja registradora lo ha estado mirando desde hace un rato. Alfonso lo sabe, pero le resta importancia al asunto, prefiere abrir la botella y tomar un gran sorbo de agua. Refrescante, pero es interrumpido por la voz de la mujer.

– Hey, ¡qué haces!

Alfonso se detiene, la mujer se acerca a él, trae consigo una manta roja, una que guardaba ella para el frio, la usa para cubrir el cuerpo del viejo desnudo que ha encontrado en el pasillo de los refrigeradores. Alfonso le agradece con una reverencia, pero ella no ha terminado, le pide pagar por el agua antes de consumirla. Alfonso escucha con atención y luego se lleva las manos a los bolsillos, pero no tiene pantalones. La mujer se enfada, le pide que salga de la tienda, que se lleve el agua pero que no siga ensuciando el suelo con arena, apunta a los pies sucios de Alfonso, pies con los que ha pintado un rastro de arena en todos los lugares que ha pisado. Alfonso camina hacia la salida, pasa por el lado de la mujer, ella retrocede al ver la profundidad de los ojos de él, ahí encuentra ella el brillo de las estrellas. Alfonso siente alegría al verla, la recuerda de antes, aunque no sabe de cuando, se despide de ella con una reverencia. Al atravesar la puerta del quickstop, Alfonso observa el siguiente objeto que llama poderosamente su atención, un bidón de gasolina vacío, junto a la manguera del surtidor de gasolina. Con ojos llenos de lágrimas, la sonrisa se levanta y los brazos altos hacia el cielo, en un intento por abrazar el sol, Alfonso celebra el hallazgo. No sabe por qué, no recuerda, pero ese bidón le llena el corazón de alegría, de un jubilo intenso que lo lleva a correr hasta el surtidor para tomar el bidón e introducir la boquilla del surtidor en el interior. Alfonso presiona el gatillo y la gasolina se vierte en el interior. Y justo entonces, la puerta del baño, a un costado del quickstop, golpea el marco anunciando la llegada de un hombre a la escena. Se trata de un tipo fornido que lleva una gorra de camionero en la cabeza.

– Hey! Hey, tú! ¿Vas a pagar por eso?

Sorprendido por la declaración, pero más al ver la cara de la persona que lo está interpelando, Alfonso patalea en el suelo de alegría, penas ocultas en su interior de desvanecen, un milagro sin identificación lo lleva a dar gracias a los cielos y Pedro, quien continúa acercándose a Alfonso, no logra entender nada de lo que está pasando.

– ¿Me perdí de algo? Vas a pagar, ¿cierto?

Alfonso entra en pánico, toma el bidón con ambas manos y sale corriendo, soltando el surtidor, que continúa expeliendo liquido de su interior y derramándolo en el suelo. Alfonso abraza el bidón con fuerza en su escape hacia afuera de la estación, hacia la carretera y el desierto. Pedro corre en su persecución, pero se detiene junto al surtidor para detener la gasolina que se vierte en el suelo sin control. El tiempo perdido es suficiente para que Alfonso alcance una distancia considerable, insalvable asume Pedro, en medio del calor abrazador del medio día, por lo que desiste en la persecución.

                                                                                          X

Alfonso corre sin detenerse, no se da tiempo para mirar atrás. Tampoco corre porque lo estén persiguiendo, corre porque sabe que todavía le queda tiempo, aunque no recuerda para qué. Las horas vuelan en el impulso, hasta que las piernas le piden un descanso, el sol recostado sobre el horizonte, el calor ha bajado considerablemente. Las tripas le suenan, ¿Cuándo fue la última vez que comió? Una confianza ciega lo lleva a internarse entre las dunas del desierto y a esperar en silencio. Y entonces, entre las líneas descritas en la arena, un movimiento circular, como un látigo dibujando contornos en el suelo, revela el movimiento de una serpiente que emerge de la profundidad. Alfonso la observa y sin pensarlo siquiera, se lanza hacia ella, el hambre lo impulsa, el instinto lo impulsa, el amor por el tiempo imperecedero lo impulsa a perseguirla un buen trecho, dejando el bidón atrás, pues ¿que será del bidón sin alguien que lo acarree? Alfonso logra dar con la serpiente, la toma por la cola y con fuerza la azota contra el suelo hasta que la vía se escapa de ella. Terminada la matanza, Alfonso se despide de la serpiente, da las gracias al universo por proveerla, se quita el manto rojo y lo deposita en el suelo, deposita el cuerpo de la serpiente ahí. Una mirada furtiva hacia el bidón, dispuesto a un lado de la carretera, revela que el objeto en cuestión no se encuentra en su posición, un hombre joven lo ha tomado y lo lleva consigo. Alfonso se apresura en dar caza al intruso, lo alcanza y se lanza sobre él, logra derribarlo sin mucha dificultad. El bidón de regreso en sus manos y Alfonso se queda mirando al joven buen rato. Por su parte, el joven se pasa la tarde suplicando a Alfonso que le preste la gasolina, que la necesita para rescatar a una mujer varada en medio del desierto. Palabras que desatan una serie de recuerdos difusos, inconexos, pero extrañamente familiares en Alfonso. Una palabra en específico hace ecos en su memoria.

– Amelia.

Alfonso recuerda haber conocido a alguien con ese nombre, una poderosa sensación que lo regresa a las arenas del desierto, que lo ata al destino de la carretera, al bidón con gasolina y al viaje largo que ha emprendido. Pero Alfonso prefiere no decir nada, no está seguro de estos recuerdos, del relato que enlazan y de seguro que decir cosas sin estar seguro es mala idea, piensa para sí mismo. La noche cae sobre Alfonso y sobre el joven, una fogata se enciende en la oscuridad, las llamas danzan al compás de vientos nocturnos. Millones de millares de años todavía sin procesar en su mente, Alfonso no logra mantenerse mucho tiempo en el tiempo presente. Aun así, hace el mayor esfuerzo por prestar atención a las palabras del joven, que lo interroga con preguntas cuya respuesta no posee. Preguntas sobre orígenes, sobre destinos, pero Alfonso no logra posicionarse en la línea del tiempo, la situación le parece un eco de algo que ya había pasado, aún sin recordar que es lo que viene después o que venía antes de esto que ahora está ocurriendo. Tan solo una frase logra hilvanar, existe una mujer que él desea encontrar, la ha perdido en los avatares del tiempo, ¿será suficiente para callarlo? Alfonso opta por no decir más, pierde el interés en la conversación y pronto cae en profundo sueño.

– El espacio está ocupado, ¿Cómo ingresar?

Entre los velos de los sueños, un automóvil aparece en medio de la carretera, una mujer se abre entera, su piel cae sobre el asiento del copiloto, una flor emerge, una rosa espinosa, los tallos crecen y las espinas ocupan todo el espacio interior del vehículo.

Alfonso abre los ojos asustado, el joven toma el bidón, intenta arrebatárselo de las manos, lo obliga a levantarse y a luchar, pero ¿por qué luchar?

– Mejor soltar.

Alfonso reflexiona y las fuerzas deja de lado, el cuerpo se le mueve ahora gracias a las fuerzas del joven, el empujón lo impulsa hacia las llamas con el bidón abrazado entre los brazos. El toque del fuego y la explosión, tan intensa como la luz del sol, lo envuelve en llamas. Alfonso soporta el dolor en silencio, se deja calcinar, abraza las llamas como viejas amigas que vienen a guiarlo, ángeles que bajan del cielo a iluminar el camino. El fuego se extingue luego de un tiempo, el cuerpo de Alfonso tieso, sus ojos perdidos en el parpadeo de las estrellas que lo reciben una vez más y más allá, más allá de la profundidad más extensa y oscura, él sabe que todo volverá a comenzar.

Los primeros rayos del sol iluminan tímidos el contorno del desierto y hacen cosquillas en los dedos calcinados de Alfonso. Agoniza, le cuesta trabajo respirar, cada inspiración lo quema por dentro, cada exhalación como clavos en el pecho. Se queda quieto, ya casi no siente nada, no siente el movimiento de las arenas a su alrededor, no siente a los seres que regresan a la superficie hambrientos, en busca de alimento y que lo encuentran tirado, indefenso. Serán dos, luego tres, y pronto más de veinte serpientes que se deslizan por la arena hasta el cuerpo calcinado. El festín comienza. Dientes como finas agujas que despedazan la carne hasta saciarse. Las serpientes terminan de engullir la carne y regresan a las arenas. Más tarde, una pareja de buitres circula el cielo sobre el cuerpo calcinado, se toman su tiempo antes de descender. Un picotazo y otro pedazo de carne se separa del hueso. Los buitres devoran cada musculo con precisión quirúrgica, incluyendo los ojos y las tripas. Luego vuelven a los cielos y se pierden en el horizonte. Un rato después, una familia de escarabajos se abren paso en la arena, llegan hasta el cuerpo inmóvil y toman su parte. Los días pasan y solo huesos quedan.

                                                                                          XI

¿Y Alfonso? ¿Dónde está? Alfonso está en las serpientes que rondan el desierto, está en los buitres que surcan los cielos, está en los escarabajos que se entierran en la tierra. Pero Alfonso quiere liberarse, el deseo de regresar a ese lugar que ya casi no recuerda, ese lugar que sigue llamándolo, persiste como la luz de las estrellas. Con gran esfuerzo logra soltarse de la carne que lo aprisiona, ayudado por el hecho de que la misma ya casi se desintegra en el estómago de los seres que se alimentaron de él. Un esfuerzo más y su alma se separa por completo de lo material, entonces cae, cae como ha caído antes, como las estrellas colapsan y se separan a pesar de todos los esfuerzos por perdurar. Pero Alfonso no quiere ser parte de la historia del universo, su deseo es regresar a sus recuerdos, retenerlos. Y cada vez que las galaxias colapsan y todo empieza de nuevo, regresa, incontables veces y bajo mil formas. Al comienzo le cuesta, no logra ser más que figuras geométricas, es un triángulo incrustado en un grano de arena, es un cubo, viajando en un haz de luz, entre las reflexiones de las dunas y el sol. Un automóvil pasa por la carretera, una música estruendosa lanza ondas a través del aire, cambiando la naturaleza de todas las cosas, incluso de sí mismo y ahora Alfonso es parte de una canción, una estrofa en específico “stay with her”, “stay with her” se repite como un mantra a lo largo de la canción y alguien escucha, pero las ondas de sonido duran lo que un parpadeo y a Alfonso no le basta con eso. Otra vez al final del universo y de regreso. Esta vez como una gota de lluvia que cae en un manantial en el comienzo de su vida y que luego es tomada, encapsulada en una botella de agua. Misma gota que se desliza graciosa a través de los labios de una mujer y que logra calmar su nerviosismo en una situación de tensión, Alfonso recuerda la felicidad, pero quiere más, no se conforma. Esta vez es una mosca que nace sobre la carne pútrida de un cadáver, no bien sus ojos se encuentran con los rayos del sol, su aventura a través de los aires comienza. Bate las alas con fuerza en busca de un aroma que apenas logra percibir, que no es más que una ilusión al comienzo, pero que, con cada movimiento crece en intensidad. Luego de haber perdido la mitad de su vida en el viaje, la mosca encuentra el origen del aroma que lo impulsa hacia adelante. La turbulencia del viento le impide avanzar, lo mueve en todas direcciones. Pero la mosca no se deja intimidar, ha sido hombre, ha quitado una vida, le han quitado la vida, ha transitado esta existencia incontables ocasiones, el viento no es un rival, es sí mismo en otra edad. Así es como se deja llevar y pronto se encuentra en la cabina de un automóvil, maravillado ante el hombre y la mujer que ahora conversan y ríen en el interior. Se acerca al hombre y, con todas sus fuerzas, le grita que no pierda el tiempo, que el destino puede ser cruel de la misma forma en que los hombres lo son o lo han sido. Pero el hombre no escucha, la mosca surca el aire una vez más, da vueltas alrededor de ambos buscando alguna solución. No la encuentra, cansado se detiene en la boca de la botella, donde se reconoce a sí mismo en forma de gota de lluvia. La distracción le impide ver la mano de la mujer hasta que es demasiado tarde, la vida pierde otra vez. Otra vez el fin del universo y el hombre regresa como un animal, un zorro que se aventura entre las dunas del desierto, que caza serpientes y enfrenta buitres, que lucha para mantenerse con vida el tiempo suficiente. Hasta que un sonido estruendoso cambia la naturaleza de las cosas, “stay with me” se repite y el zorro sabe que ha llegado el momento. Una mirada es suficiente para cambiar la vida del hombre que hasta entonces transitaba los espacios oscuros de su propia conciencia y entonces la epifanía, ser una idea. El universo colapsa y vuelve a empezar, esta vez Alfonso nace de la visión del hombre, un conjunto de sinapsis, de impulsos electroquímicos que forman la imagen poderosa del zorro majestuoso en medio de las arenas del desierto, una idea pegajosa que luego se traduce en palabras que viajan por el aire e ingresan en los oídos de ella.

XII

Amelia se acomoda en el asiento y cierra los ojos, cae en profundo sueño. Es un sueño calmo, como el vientre de una ballena, cálido y protector. A través de la bruma espesa de su conciencia descansada aparece la imagen de un hombre caminando por la carretera. Es Alfonso que regresa con un bidón de gasolina entre sus manos. Amelia lo observa desde la ventana y sonríe, sus miradas se cruzan y se reconocen como si no hubiesen pasado más que minutos desde la última vez que se vieron. Alfonso llega hasta el automóvil y comenta a Amelia que ha encontrado el bidón tirado a un costado de la carretera, que ha sido un milagro. Ella se estira para quitarse la flojera de encima y se baja un rato a estirar las piernas. Alfonso llena el estanque con el combustible, se queda mirando a Amelia y no puede evitar sonreír.

– Algo ha terminado.

Alfonso olvida todo lo demás y regresa al automóvil, Amelia ingresa junto a él.

– ¿Vamos?

 Alfonso asiente, gira la llave y el motor enciende. El automóvil avanza hacia el horizonte, donde el desierto se acaba.

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